ETEOCLES
Ante todo, Palas Onca, que asiste en la ciudad vecina a esa puerta, perseguirá con su odio la insolencia de ese hombre, y le rechazará de sus polluelos como a dragón dañoso. Además el adversario que se le ha elegido es el insigne hijo de Enopo, Hiperbio, que está deseoso de probar su suerte en este trance de fortuna. Y nada hay que tacharle ni en la apostura, ni en el valor, ni en el arreo de las armas. Con razón los ha juntado Hermes, porque irán enemigo contra enemigo, y llevarán en sus escudos dioses enemigos. Pues si Hippomedonte tiene a Tifón respirando llamas, en el escudo de Hiperbio está sentado Zeus, firme y reposado, con el rayo ardiente en la diestra; y nadie vió todavía a Zeus vencido de vencedor alguno. ¡Y he aquí cuánto vale la amistad de los dioses! nosotros estamos con los vencedores; ellos con los vencidos, porque si Zeus pudo más en la pelea que Tifón, así es natural que suceda ahora con los dos contrarios. Zeus que está en el escudo de Hiperbio, será su salvador según reza la empresa.
CORO
Yo confío que quien lleva en el escudo y pone enfrente de Zeus una figura que le es odiosa, el cuerpo de un dios sepultado bajo la tierra, imagen por igual aborrecida de los hombres y de los eternos dioses, que ha de dejar su cabeza en nuestras puertas.
ESPÍA
Que sea así. Pero voy a hablar del quinto, que está apostado en la puerta del Bóreas, junto al sepulcro del divino hijo de Zeus, Anfión. Jura por la lanza que sustenta, y que lleno de arrogancia tiene en más veneración que a un dios, y la quiere más que a las niñas de sus ojos, que a despecho de Zeus ha de asolar la ciudad de Cadmo. Quien así vocifera es un hombre de hermoso rostro, casi niño, aún no salido de la mocedad, retoño de una madre habitadora de las selvas. Apenas apunta en sus mejillas el ligero bozo, que con la edad crece y se torna espesa barba; pero de niño sólo tiene rostro y nombre. Allá está retándonos, con la fiereza en la mirada y la crueldad en el corazón. Y tampoco éste se llega a nuestras puertas sin alardear de jactancioso. Juega un ancho y broncíneo escudo, que defiende en redondo su cuerpo, y en él lleva la figura de la afrenta de nuestra ciudad; la Esfinge carnicera, hecha de bulto y con primoroso arte claveteada, y toda resplandeciente. Bajo sus garras tiene un Cadmeo, de modo que contra él vengan la mayor parte de nuestros dardos. Mas no parece que el árcade Parthenopeo viene a hacer tráfico de la guerra, y deshonrar el término de una larga jornada. Extranjero educado en Argos, este tan valeroso guerrero, por pagar a los Argivos los cuidados de su crianza, amenaza ahora nuestras torres con estragos que jamás cumplan los dioses.
ETEOCLES
¡Si alcanzasen de los dioses para sí lo que contra nosotros piensan con esas sus impías vanidades! ¡A buen seguro que no pereciesen todos con entera y miserabilísima ruina! También para ese, que tú dices el Arcade, hay un hombre nada jactancioso, pero cuya mano sabe lo que hay que hacer; Actor, hermano del que he nombrado antes, el cual no dejará que una vana lengua sin obras corra suelta dentro de nuestros muros para aumento de nuestras desdichas, ni que entre jamás quien ostenta en el enemigo escudo la imagen de una fiera, el más aborrecido de los monstruos, que cuando se halle puesta a la espesa nube de dardos que sobre ella irán de la ciudad, se revolverá acusadora contra quien la lleva. Con la voluntad de los dioses, saldrán verdades mis palabras.
CORO
Tus razones penetran hasta el fondo de mi pecho; pero los cabellos se me erizan de horror al oír las soberbias amenazas de esos hombres impíos y arrogantes. ¡Así hagan los dioses que perezcan en esta tierra!