CORO

Perezca quien se gloría lanzando tan terribles amenazas contra la ciudad. Que el golpe del rayo le destruya antes que invada mis hogares, y me arroje con lanza soberbia de mi virginal retiro.

ESPÍA

Voy, pues, a decir a quien señaló en seguida la suerte para otra de las puertas. Salió la tercer jugada del cobrizo fondo del yelmo, y fué para Eteoclo, a quien toca llevar su gente sobre la puerta de Neis. Él entonces hace revolverse a las yeguas, que relinchan impacientes bajo el freno, codiciosas de volar a las puertas. Los férreos bocados silban con rudo estilo, cubiertos del resuello espumoso que se exhala de las dilatadas narices. El escudo que lleva está pintado con nada humilde adorno: un hombre armado, que va subiendo los peldaños de una escala arrimada a una torre enemiga que quiere destruir; el cual vocifera estas palabras escritas: “Ni el mismo Ares podrá arrojarme de esta torre.” Envía también contra éste un hombre que sea capaz de apartar de Thebas el yugo de la esclavitud.

ETEOCLES

He aquí a quien puedo enviar, y pienso que con alguna fortuna: a Megareo, hijo de Creonte, del linaje de los hombres sembrados. Ya partió a su puesto. No ostentan sus manos pomposos alardes; pero no retrocederá por temor a estrepitosos relinchos de caballos fogosos, antes bien o morirá, pagando así a la patria la deuda de su crianza, o se apoderará de los dos hombres y de la ciudad del escudo, y alhajará con estos despojos la casa de su padre. Cuéntame las baladronadas de otro; di, y no omitas palabra alguna.

CORO

Pido a los cielos ¡oh defensor de mis hogares! que seas afortunado en tu empresa, y que les sea contraria a nuestros enemigos. Como ellos con enfurecido ánimo se desatan en amenazas insolentes contra la ciudad, así los mire airado Zeus justiciero.

ESPÍA

El cuarto, a quien corresponde la puerta de Atenea Onca, es el gigante de Hippomedonte, de desaforada estatura, que viene a nosotros con grandes voces. Como comenzase a voltear un enorme disco que trae, quiero decir, el círculo de su escudo, temblé de miedo; no diré lo contrario. Y no era ningún torpe el grabador de empresas que cinceló en él este asunto: Tifón arrojando por la igniespirante boca la negra humareda, ágil hermana del fuego. Y todo alrededor de la honda cavidad del disco, está todo él incrustado de entrelazadas madejas de serpientes. En cuanto a Hippomedonte, da jubilosos alaridos de guerra, y lleno del furor de Ares corre a la lucha arrebatado y loco como una bacante, y despidiendo terror de sus ojos. Fuerza es guardarse bien de la acometida de un tal enemigo, que ya su arrogancia ha llevado el terror a aquella puerta.