Es un cruelísimo deseo ese que te punza y muerde, y te incita a cometer un homicidio de bien amargos frutos; a derramar una sangre que para ti es sagrada.
ETEOCLES
No; es la maldición de mi padre que se apercibe ya a cumplirse. Llena de odio y con los ojos secos y sin lágrimas, llégase a mi lado y me grita: Primero la venganza y después la muerte.
CORO
Pero tú no la provoques. Por guardar una vida inocente no has de ser motejado de cobarde. Ni Erinna descarga sobre nuestra morada su negra tormenta, cuando las manos se conservan puras, para que nuestras ofrendas sean aceptas a los dioses.
ETEOCLES
Ya los dioses no se curan de nosotros. Además, que ha de poner admiración el beneficio que traerá nuestra muerte. ¿A qué, pues, andamos halagando todavía a nuestro mortal destino?
CORO
Sí, ahora que te estrecha. Porque ese mal espíritu que agita tu alma, quizá mudándose con el tiempo se vuelva en viento más blando; pero ahora está hirviendo aún.
ETEOCLES