Si los dioses me lo conceden, no escapará él de la muerte.
(Vase ETEOCLES.)
CORO
¡Estoy transida de terror! Esa diosa, ruina de las casas y en nada igual a los otros dioses; la de los decretos infalibles; la vaticinadora de infortunios; esa Erinna invocada por un padre, va al fin a cumplir las airadas imprecaciones del insensato Edipo. La discordia, que perderá a sus hijos, precipita el desenlace.
El hierro extranjero, venido de los Cálibes de la Escithia, será el fiero y cruel partidor de la hacienda paterna, que hará las suertes, y a cada uno le dará para que habite, en vez de dilatados dominios, la tierra que pueda ocupar después de muerto.
Cuando heridos y despedazados con mutuos y mortales golpes, caigan ya sin vida; luego que el fondo mismo de la tierra haya bebido su roja sangre, ya negra y cuajada, ¿quién ofrecerá sacrificios expiatorios? ¿Quién lustrará sus cuerpos? ¡Oh desdichas nuevas de esta casa, que venís a juntaros con sus antiguos males!
Con aquella vieja culpa de Layo, bien pronto castigada, y que hoy vive en su tercera generación. Por tres veces habíales advertido Apolo desde aquella ara de Pithia, centro de la tierra, que muriese sin hijos si quería ver salva a la ciudad. Dejóse él vencer de temerarios consejos de amigos; fué contra la voluntad del dios, y engendró su propia muerte; a Edipo el parricida, que osó sembrar una estirpe sangrienta en la sagrada tierra de su madre, donde fué sustentado. La demencia juntó a los insensatos esposos, y a modo de un mar, trajo sobre nosotros olas de males. Cayó la una, y otra más terrible se levanta ahora, y muge en torno a la popa de la ciudad. Tan sólo una tabla de salvación hay de por medio; el espesor de una torre; y no para mucho, que bien me temo que con sus reyes va a caer también Thebas.
¡Cumplidas están ya las antiguas maldiciones! ¡Ya se hacen las funestas paces! Las calamidades cuando vienen no pasan de largo, sino que descargan. Afanoso el hombre, amontona sobre el bajel riquezas en demasía, y luego tiene que arrojarlas de lo alto de la popa. Porque ¿a quién admiraron más los hogares de sus conciudadanos y la pública Ágora henchida de atropellada muchedumbre? ¿A quién dieron más honor y gloria que a Edipo cuando limpió la comarca de la peste que le arrebataba sus hombres? Mas así que el infeliz se dió razón de su miserable consorcio, no pudiendo llevar su dolor, y lleno el pecho de rabia, añade a sus males otros dos males nuevos. Con bárbara furia arranca con la mano parricida aquellos sus ojos que tenían que encontrarse con el rostro de sus hijos, y ¡ay de mí! horrorizado de su nefanda obra, lanza tremendas maldiciones sobre los que engendró. ¡Que alguna vez dividan entre sí espada en mano la herencia de sus padres! Tiemblo que la veloz Erinna vaya a cumplirlas ahora.
(Sale un MENSAJERO.)
MENSAJERO