Llegó a cumplirse la palabra de maldición de un padre; no ha faltado, no. La terca resolución de Layo ha dado fruto. Y mis ansias por la ciudad no cesan; que están aún en todo su rigor los oráculos de los dioses. — ¡Oh príncipes dignos de perpetuo llanto, ved ahí la inaudita hazaña que habéis acometido! (Traen a la escena los cuerpos de ETEOCLES y POLINICES.) Ya están aquí; no las palabras, sino las calamitosas y lastimeras realidades. Hélas ahí, que ellas mismas se ofrecen a nuestros ojos. Patente está la relación del mensajero. ¡Dobles congojas! ¡Dobles víctimas de un mutuo homicidio! Dobles males, compartidos entre dos sin ventura. Es la ruina, que hoy quedó consumada. ¿Y qué diré yo sino que en esta casa hacen su habitación infortunios sobre infortunios? Ea, amigas, al viento dad los gemidos, golpead con ambas manos vuestra cabeza, e imitad el acompasado batir de los remos, propicio són para los navegantes que de continuo hace bogar por el Aqueronte la gemebunda barca de negras velas hacia la región donde nunca fijó Apolo su planta; lugar sin luz que a todos los mortales recibe, y siempre está con las fauces abiertas, hambriento de devorarlos. (Salen ANTÍGONA e ISMENE.) Pero mirad aquí a Antígona e Ismene, que vienen a un amargo oficio: a endechar sobre sus dos hermanos. Sin duda que dejarán que salga del fondo de su amoroso pecho el justo dolor que las atormenta, mas razón es que antes de su canto entonemos nosotros el lúgubre y desapacible himno de las Erinnas y que luego cantemos el odioso cántico de Edes. ¡Ay hermanas, las de más infelices hermanos de cuantos ceñimos nuestras vestiduras con femenil cíngulo, no imaginéis que hay engaño en mis lágrimas y sollozos, sino que mis ayes salen del fondo de mi pecho!
(Divídese el CORO.)
PRIMER SEMICORO
¡Ay, ay, temerarios, a quienes ni persuadieron amigos, ni quebrantaron tribulaciones! ¡Desdichados, que por la fuerza quisisteis haceros dueños de la casa de vuestros padres!
SEGUNDO SEMICORO
¡Desdichados, sí, que con ruina de su casa hallaron desdichada muerte!
PRIMER SEMICORO
¡Ay, ay, destructores de los muros de vuestra casa, que en un amargo reinar teníais puestos los ojos; ya habéis dirimido con el hierro vuestras discordias!
SEGUNDO SEMICORO
¡Bien cumplió la formidable Erinna la maldición de vuestro padre Edipo!