Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el hijo de Darío, el mismo rey Xerxes nuestro señor, para que velásemos por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon sus ciudades, y partieron los de Susa y los de Ecbatana, y los que habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos a caballo, de ellos en naves, de ellos con lento caminar, a pie y en apretadas haces, formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres, y Artafernes, y Megabactes, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa. Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables, y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con ellos, Artembares, que combate a caballo; y Masistres, e Imayo el valeroso, buen flechero; y Farandaces, que con mano firme rige el carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas; Susiscanes, y Pegastagón, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames, gobernador de la sagrada Menfis; y Ariomardo, que guarda a la antigua Thebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados Lidios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente; a los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arteo. Y la opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la esclavitud; Mardon y Tharibis los de incansable lanza, y sus misios de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de la fina puntería de sus flechas. Y en fin, los pueblos todos de Asia, armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo; y las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo que no se acaba jamás.
Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera. Convirtió el estrecho de Helles la Atamántida en bien claveteado puente de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la cerviz el yugo de su dominación.
Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. Él, hijo de esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos dioses.
Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva contra los guerreros de poderosa lanza a Ares el del certero arco.
¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres, que pruebe a detener con él, como con valladar firmísimo, las nunca vencidas olas de los mares? Que es el ejército persa imposible de resistir, y su pueblo de ánimo esforzado.
Ya de antiguo la fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos jinetes, y asolaciones de ciudades.
A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de los vientos.
Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fué dado salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! ¡Ay ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada de sus hijos; con que a su ayes responden los ayes de la fortaleza de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de lino.
Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino promontorio común a entrambos continentes.
Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la abandonó con el ansia ardiente de pelea.