Ea, pues, ¡oh Persas! nosotros que tenemos nuestro consejo en esta antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el rey Xerxes, el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió vencedor el empuje de la aguda lanza?
Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de los dioses; es la madre del rey; nuestra reina. Caigamos de rodillas, y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben a su majestad.
(Sale ATOSSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la majestad real.)
¡Salve, altísima señora de los Persas de rica y holgada vestidura; anciana madre de Xerxes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios, si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros soldados.
ATOSSA
Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la fortuna poderosa derribe con el pie entre nubes de polvo la grandeza que levantó Darío, no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el más rico tesoro sin hombres que lo guarden, ni luce la fortuna para el menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa; que ojo de una casa es sin duda la presencia del dueño. Por tanto, Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución.
CORO
Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón.
ATOSSA
Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria. Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a las mujeres de nuestros tiempos; hermosas sin tacha, y hermanas, como de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo una águila que viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos! Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son éstas en verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas. Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra.