Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio que supera mis fuerzas; ni acierto a articular palabra, ni a averiguar nuestras desventuras. Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y aun cuando te haga verter lágrimas, habla, y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos?

MENSAJERO

Xerxes vive, y ve la luz del día.

ATOSSA

Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche.

MENSAJERO

Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia Artembares, que mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó saltando de la nave al mar con ligero salto Dadaces, el caudillo de mil guerreros. Tenagón, el más valiente entre los hijos de la Bactriana, queda también en aquella isla de Ayax, de continuo azotada por las olas. Lilayo, Arsames y Argestes, los tres, vencidos junto a la isla criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del Nilo en Egipto; Adeves, y Feressenes; los tres, y además Farnuco. Murió Matallo el Crisio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja, espesa y erizada, goteaba sangre; teñía su cuerpo el encendido color de la púrpura. Arabos el Mago, y Artames el de Bactriana, que guiaba treinta mil soldados caballeros en negros corceles, allí perecieron, y tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y Anfistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo, triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Misio, y Tharibis, Lirnense de nación, gallardo soldado, que capitaneaba doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente muertos. Siennesis, caudillo de los cilicios, el primero por el valor de su ánimo, pereció con gloria. Él solo dió muchísimo que hacer a los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas desgracias que nos rodean.

ATOSSA

¡Ay de mí; ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser una causa tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato, y dime: ¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar en batalla con la armada de los Persas?

MENSAJERO