La educación de los niños sin el castigo y la emulación, por la bondad y la simpatía como medio de apartar a los hombres del mal por la provisión de aptitudes para el bien, de decencia y aseo, de iniciativa, dignidad, autocontrol y valor para el trabajo, el más importante de los descubrimientos modernos, no fue ni siquiera sospechado, y sólo pudo pensarse en el látigo y el azúcar con que se amansa a las bestias, para amansar a los hombres; en la recompensa y el castigo, como únicos medios posibles, aunque ineficaces para inducirlos al bien y alejarlos del mal, en este mundo y en el otro. "La prisión, la tortura y la muerte constituían una trinidad bajo cuya protección la sociedad podía sentirse segura, dice el coronel Ingersoll... Hace algunos años solamente, que más de 200 ofensas eran penables con la muerte, en la Gran Bretaña. La horca fructificaba todo el año y el verdugo era el hombre más ocupado del reino—pero los criminales aumentaban... porque no hay reforma en la degradación: todo degradado por la sociedad se convierte en su enemigo implacable".
Desde que los hombres creyeron en el cielo y el infierno, escapar al infierno y ganar el cielo era la gran cuestión, y la infelicidad era el medio porque estaba dicho que los últimos serían los primeros y los primeros serían los últimos en el reino del Señor.
En la plena seguridad de ser, en definitiva, archipagados en dicha futura de todas sus desdichas presentes, los creyentes sinceros no se preocuparon de evitarlas sino de padecerlas adrede, como los pordioseros que avivan constantemente sus lacras profesionales para sacar más dinero a los transeúntes compasivos, y como el perro de la fábula, que cruzando el río, vio reflejado en el agua y agrandado por la refracción el trozo de carne que llevaba en el hocico, y, creyendo que eran dos, lo soltó para agarrar el más grande; así el bienestar presente fue abandonado para alcanzar la dicha eterna. Y la libertad, la justicia, el progreso, el bienestar, las ciencias y las artes, todo lo que realmente vale, no importó ya un bledo a la conciencia humana.
Y sólo después de 1.600 años consagrados a producir los héroes de la otra vida, y los sabios del otro mundo, cuyas imágenes pueblan los nichos de las iglesias, pudieron las naciones cristianas empezar a producir, al fin, los sabios de este mundo y los héroes de esta vida, cuyas estatuas se levantan en las plazas públicas para ofrecer nuevos modelos de conducta a las nuevas generaciones.
Y del deseo y la esperanza del bien en este mundo surgió el instrumento del bien en este mundo; el espíritu de progreso que viene embelleciendo y alargando la existencia, sin despojarla de esa emancipación suprema que es la muerte, y sin descorrer la cortina que oculta el más allá en el insondable enigma que hace el encanto de la vida, según la expresión de Holyoake, y que desaparecería desde el momento en que la jugásemos a cartas vistas, como en efecto desaparece por completo para los completamente convencidos de la existencia real de la dicha y la desdicha eternas, que vegetan en la ermita o en el claustro esa infecunda y monótona vida de atesoradores de dicha póstuma por abstinencia de dichas presentes, sin hogar, sin familia, sin amor, sin afecciones, y a medias para los convencidos a medias, que en la sociedad viven un poco para este mundo y el resto para el otro.
"Usted me pregunta ¿cómo puedo ser feliz sin la esperanza de una vida futura? El niño que no piensa nunca en una vida futura encuentra, no obstante, los medios de ser feliz", dice Elisa Movory Bliven. Y los desgraciados niños a quienes se obliga a pensar en el diablo, el purgatorio y el infierno, tienen desde entonces y según la dosis del veneno, más o menos malogradas sus alegrías del presente por sus aprensiones y sus temores del más allá. "El peso de la muerte se alivia a cada generación, a medida que sus formas violentas, y sus terrores póstumos se atenúan, dice Maeterlinck. Lo que más tememos en ella es el dolor que la acompaña o la enfermedad que la precede. Pero ya no es la hora del juez irritado e incognoscible el objeto único y espantoso, el abismo de tinieblas y de castigos eternos. Nuestra moral ¿es menos alta y menos pura desde que es más desinteresada? ¿La humanidad ha perdido un sentimiento indispensable o precioso perdiendo un temor?"
LA ESCUELA RELIGIOSA
Por el contrario, la humanidad ha ganado inmensamente desde que empezó a convalecer del miedo al infierno que la hizo tan miserable, tan cruel, tan dura y tan implacable en el pasado.
La proporcionalidad del castigo con la falta, por ejemplo, ha empezado a ser desde el siglo último la regla en las leyes de la tierra, gracias al abogado Beccaria, y en la actualidad las personas de sentimientos morales refinados son ya capaces de comprender la monstruosa iniquidad de los tormentos eternos que sancionaron los iluminados por el Espíritu Santo para castigar en el otro mundo los errores de los hombres en éste.
El presidio perpetuo con tormentos vitalicios, que fue la pena común, hasta para muchas acciones que hoy consideramos como derecho corriente y perfecto del ciudadano, la ergástula está desapareciendo de la legislación de las naciones civilizadas, aun para los delitos monstruosos y la ergástula a perpetuidad para la segunda vida subsiste todavía en el código moral de la Iglesia medioeval, hasta para el mero cumplimiento de los deberes naturales, que ella considera crímenes si son realizados sin su licencia y sacramento cuando se practican con su intervención.