Es que la moral milenaria, la moral revelada a los hombres de una vez para siempre en la infancia de la civilización, no puede cambiar sin una nueva revelación que anularía a las precedentes, quitando a la Iglesia su única base posible: el origen divino y la infalibilidad, que es su corolalario, y en cambio, puede ser inoculada al hombre moderno en la infancia del entendimiento que corresponde a la infancia de la especie.

En ese momento crítico de la vida en que la curiosidad ingenua, sedienta e indiscriminativa, hace su primera provisión de explicaciones sobre los hechos y las cosas del mundo, y en que toda clase de supersticiones puede penetrar en la mente y arraigar, el hogar, el ambiente y la escuela tienen un rol de primera clase.

Y en esas circunstancias, el plan de la escuela religiosa es satisfacer la curiosidad natural del niño sobre los hechos y las cosas del universo que le rodea, con las explicaciones que los sabios antiguos, graduados en dilatados cursos de ayuno y meditación solitaria en los desiertos, en las cuevas, en las ruinas o en los claustros, pusieron en boca de los dioses de entonces, para darles una autoridad que ellos no tenían, a fin de exigir una aquiescencia absoluta, única manera posible de hacerlas eficaces en su tiempo, y el objeto de la escuela positiva es satisfacer esa misma curiosidad con los conocimientos positivos adquiridos por los sabios modernos en la investigación de la naturaleza con los métodos modernos, y sin exigir para ellos obediencia ni aquiescencia de ninguna clase, que el progreso de la inteligencia humana ha hecho innecesarias, desde que la verdad no trae ya de un supuesto mandato de los muertos, sino de su concordancia con la realidad, su fuerza de convicción sobre el entendimiento.

LA REVELACIÓN Y LA EVOLUCIÓN

La concepción judía que informa los dos testamentos, y según la cual la marcha de la humanidad es un proceso de decadencia apenas contenido, porque el hombre salió perfecto de las manos del creador y se deterioró a perpetuidad por el pecado original, la más diametralmente opuesta al concepto moderno de la evolución ascendente de la especie humana, fue un concepto común a todos los pueblos antiguos, el fruto natural del pesimismo resultante de la impotencia del hombre ante los males de la tierra y la omnipotencia de las leyes naturales, inconquistadas por la inteligencia humana.

Y en todas, el ideal consciente o subsconsciente fue la permanencia o el acercamiento al estado o condición en que el hombre estuvo en contacto con la sabiduría máxima de su respectivo Confucio o Salomón, o en comunicación con la divinidad misma por los respectivos profetas o apóstoles; todos vivían con el pensamiento en el pasado y confiando en el auxilio póstumo de los antepasados; todos entendían que los tiempos felices, los tiempos heroicos, los tiempos santos estaban detrás y no delante de la humanidad presente. Los estudios de los filósofos y de los teólogos—utopistas retrospectivos—la enseñanza en las escuelas, la predicación en los púlpitos, todo estaba orientado sobre la ansiada vuelta al pasado glorioso, o santo, o dichoso. La sabiduría era una fórmula verbal salida del pasado y del misterio.

Y así, el don capital de la especie humana: la posibilidad de mejorarse indefinidamente, quedaba siempre más o menos anulado por todas las doctrinas religiosas o filosóficas que entendían darle nueva vida, porque "toda teoría es gris, y el árbol de la vida es siempre verde", como dijo Goethe, porque el pensamiento humano es como el agua, que estancada se corrompe y en movimiento se purifica. Aunque haya caído del cielo en gotas cristalinas y oxigenadas, de la inmovilidad del charco o del pantano se enturbia, poblándose de inquilinos dañosos, de microbios, infusorios, larvas y guzarapos. Así las miriadas de mogigatos, sacristanes, legos, frailes, monjas, ermitaños, abates, canónigos, curas y obispos, sobrevenidos por generación espontánea de alimañas en el pensamiento cristiano, estancado desde el siglo III y corrompido en consecuencia inevitable, por los credos, los dogmas, las bulas, los breves y los cánones.

Es que el mal de todas las religiones está en su esencia misma, en que no pueden reverdecer constantemente como el árbol de la vida, reponiendo con hojas verdes las hojas secas y con nuevos retoños los troncos viejos; en que no puedan cambiar y caminar con el progreso del espíritu humano. Son un soplo de vida y acción, una llamarada de infinito que alumbra y deslumbra un momento, como lo hizo el mahometismo en los tiempos históricos, para caer después en un nuevo plan de oscuridad mental, de esterilidad espiritual y moral. La filosofía, la literatura y el arte griego viven aun, reincorporados a nuestro caudal intelectual. De las religiones egipcia, griega y romana que imperaron por tantos siglos, no queda nada, nada, si no es el lamentable fetichismo incorporado a las iglesias griega y latina, de las que tampoco quedará nada.

En la Europa y la América cristiana, como en la China, como en el África musulmana, el pasado espiritual primaba en absoluto sobre el presente; la palabra del "maestro", de los profetas y de los apóstoles era la última ratio del espíritu humano. Como el Cid, que ganó batallas después de muerto, San Juan Crisóstomo, San Agustín y Santo Tomás, han triunfado por muchos siglos en todas las controversias. En derecho, en medicina, en ciencias naturales, "lo que pensaron los sabios antiguos" hacía ley para los sabios modernos. Los más atrasados, vale decir, los más versados en el saber antiguo, eran los más calificados para enseñar el pasado al presente, y a ese título la Iglesia fue la institutriz universal.

Recién cuando en el siglo XIX la paleontología, la filología, la arqueología, etc., etc., pusieron en descubierto el enorme error de aquellas concepciones, demostrando que el hombre cuanto más antiguo había sido menos fuerte y menos sano, menos sabio y más bárbaro, surgió la teoría de la evolución ascendente y se empezó a concebir la perfección del hombre como un hecho del presente y del futuro, y el espíritu humano pudo transferir su orientación y sus objetivos del servicio de los muertos al servicio de los vivos, de los males que fueron a los males que son, del mundo de la nada al mundo de la vida, del estancamiento al progreso, del quietismo a la acción, del absolutismo a la libertad, de la tradición a la evolución, "trasladando el centro de gravedad intelectual y emocional de Dios a la humanidad", el inmenso acontecimiento que se está realizando en nuestros días, y que será el principio de una transformación universal más grande y más feliz que todas las que la han precedido en el curso del tiempo.