«No participando el Gobierno de este modo de ver, no consigue nunca reprimirlo completamente, ni aun en sus funcionarios civiles y militares, si son jóvenes é inexpertos, aun cuando pueda fiscalizar su conducta mejor que la de los residentes independientes. Lo que hacen los Ingleses en la India, los Franceses lo hacen en Argelia, según testimonios dignos de fe, y los Americanos lo hacen en los países conquistados á México. Parece que pasa lo mismo con los Europeos en China y hasta en el Japón. Es inútil recordar lo que hacían los Españoles en la América del Sur. En todos los casos que hemos citado, el gobierno al cual están sometidos los aventureros privados, vale más que ellos y hace lo que puede para proteger á los indígenas, de ellos. El mismo gobierno español obraba así, seria y sinceramente, aunque sin efecto alguno, como lo saben todos los que han leído la instructiva historia de Help. Si el gobierno español hubiese sido directamente responsable para con la opinión española, es dudoso que hubiese hecho dicha tentativa; pues los españoles habrían tomado el partido de sus amigos y de sus parientes cristianos, más bien que el de los paganos.»

El eminente historiador inglés E. Spencer Beesly encabezó la protesta de la Sociedad Positivista de Londres contra la ocupación del reino de Túnez por los Franceses, de la manera siguiente:

«Debemos reconocer con tristeza y confusión que la adquisición de Chipre es un hecho muy reciente y muy directamente relacionado con la destrucción de la Independencia tunecina, para que nos sea permitido, como nación, protestar contra la política de Francia. Reconocemos además, y por la misma razón, que al juzgar esta política, todos los ciudadanos ingleses, aun los que han protestado contra el crimen del gobierno Beaconsfield, están obligados en virtud de las conveniencias más elementales, á no emplear en su lenguaje ninguna expresión malévola é injuriosa. El tono adoptado por un gran número de nuestros periódicos nos parece á próposito para humillar á nuestro país á los ojos de Europa, exponiéndonos á la acusación de hipocresía después de haber merecido la de rapacidad.»

En 1875, escribía en la Fortnigthly Review el Dr. Bridges á propósito de China las siguientes palabras:

«En medio de las terribles luchas que agitan á Europa, una reunión de comerciantes de Londres, ayudada por una Prensa sin escrúpulo, acaba de hacer una tentativa para precipitar á Inglaterra en una nueva guerra con China.»

«Hace treinta años, declaramos la guerra á los Chinos porque habían hecho un audaz intento para impedir el infame comercio del opio, protegido por nuestros gobernadores Indios y practicado por contrabandistas Ingleses. Hace doce años, les hicimos la guerra por segunda vez, porque habían capturado un buque (que se probó era un pirata) que había izado el pabellón Inglés, y ahora vamos á declarar la guerra por tercera vez para vengar los sufrimientos de misioneros Franceses, católico-romanos, nosotros que nos rehusamos á levantar nuestro dedo meñique para sostener á Francia en su lucha contra la invasión desordenada de Alemania.»

«El fin de los que nos han arrastrado á estas guerras escandalosas ha sido siempre el mismo interés, el comercial. Hemos obligado á los Chinos, con el fuego de nuestros cañones, á comerciar con nosotros fijándoles condiciones; les hemos prohibido que impongan derechos superiores á los fijados por nosotros para los objetos de fabricación Inglesa; los forzamos, rechazando sus súplicas reiteradas, á recibir el opio, esta droga venenosa que fabricamos en la India para su uso especial, de manera que, no solamente han sido inicuas nuestras guerras, sino que perpetuamos la iniquidad de año en año manteniendo una flota considerable en las aguas de China para sostener derechos comerciales exigidos por la guerra. Si hay un principio político más cierto que cualquiera otro, es el que manda que una nación debe ser libre para dirigir sus negocios, para redactar sus leyes, para fijar sus impuestos; nosotros impedimos á los Chinos el ejercicio de esta libertad.»

«Pero los mercaderes Ingleses de China y sus compadres de Londres todavía no están satisfechos. Piden que se les conceda viajar en todo el territorio chino, explotar las minas de carbón, enviar buques de vapor por todos los rios, construir líneas de telégrafos y de caminos de hierro, comprar tierras y casas en todas las partes donde les convenga; y mientras hacen lo anterior, piden también la extra-territorialidad, es decir, estar exentos de las leyes y costumbres del país en que viven, piden que se les someta no á la ley China sino á la ley Inglesa.»

«Ultrajamos á los Chinos en materia de religión lo mismo que en asuntos de comercio. Insistimos para que se les conceda á los misioneros católicos y protestantes predicar en todo el país, bajo la protección de los cañones Ingleses y Franceses.»

«Los Chinos tienen una religión que es más antigua que la nuestra y á la cual están tan apegados como nosotros podemos estarlo á la que profesamos; ella les enseña á honrar á sus padres, á respetar á los muertos, á olvidar las injurias, á vivir con honor y rectitud y á hacer á los demás lo que quisieran que se les hiciese á ellos mismos; á los Chinos, corresponde, por tanto, decidir si deben admitir á los propagadores de otras religiones para que prediquen doctrinas contrarias á las del país.» «Obligarlos á que lo hagan, por la fuerza de las armas, como lo hacemos ahora, es una atroz injusticia.»