Después de la caída del imperio romano, España formó parte del vasto sistema occidental dirigido por el catolicismo y constituido por la feudalidad. En este concierto occidental, España desempeñó un gran papel y adquirió el renombre de nacionalidad original, enérgica y dotada de grandes cualidades sociales y morales. La situación geográfica de España y la memorable lucha de ocho siglos que sostuvieron sus hijos para recobrar de los moros el suelo de su patria, contribuyeron á formar de ella una poderosa nacionalidad. Las dificultades y vicisitudes de esa lucha y su duración varias veces secular, dieron al carácter español energía y perseverancia indomable, cualidades que salvaron á España de la infame invasión de Bonaparte. Además de esas cualidades que adquirieron los Españoles en la lucha contra los moros, robustecieron su fe y crearon una verdadera fraternidad entre todas las clases, logrando que el sentimiento de la dignidad humana se extendiese á toda la sociedad.

Al mismo tiempo que el pueblo español sentía la importancia capital de su papel en los combates contra los árabes, crecía á sus propios ojos en valor y en dignidad. Orgulloso y respetuoso á la vez, destruyó antes que otros, todos los restos de la antigua esclavitud. «La necesidad de mantener en movimiento una población numerosa y armada, dice el juicioso historiador inglés Hallam, daba á las clases inferiores un carácter de libertad personal y un conjunto de privilegios de que apenas se tenía idea en las otras monarquias en una época tan atrasada. La condición de los campesinos privados del ejercicio de los derechos civiles, no ha existido nunca en los Estados hispano-góticos. Declararé, sin embargo, que no era totalmente desconocida en el reino de Aragón, cuyas instituciones se habian modelado sobre el feudalismo. Siendo una verdad que nada contribuye tanto á borrar las distinciones arbitrarias de las categorías, como la participación en una calamidad común, cada uno de aquellos hombres que habian sobrevivido al gran naufragio de la libertad y de la religión, en las montañas de Asturias, se rodeó de cierta dignidad que lo ennobleció á sus propios ojos y á los de sus conciudadanos. Es de presumir, que este sentimiento, transmitido á la posteridad, haya producido insensiblemente, por su influencia sobre el carácter nacional, las maneras distinguidas que los viajeros observan en el campesino castellano.» (Hallam, Europa en la Edad Media. Traducción francesa, tomo I pág. 324).

Hay un carácter de la civilización española que aunque existe en los otros pueblos europeos, presenta en España mayor intensidad y extensión. Nos referimos al perfeccionamiento de la familia por medio de la elevación de la mujer en dignidad, en pureza y en ternura, y por su mayor influencia sobre el hombre y la sociedad. La poesía española en sus principales producciones, romances, novelas y dramas, se ha consagrado casi exclusivamente á pintar é idealizar los diferentes cuadros de la vida doméstica, y en todas las producciones literarias de España resplandece el amor y el culto á la mujer con el fuego y entusiasmo y los sentimientos caballerescos propios de los meridionales. Abundante y original tenía que ser la literatura española como consecuencia de un estado social bien caracterizado y ninguna otra literatura moderna nos ha dejado una pintura más viva y más completa de las costumbres, de las creencias y de los sentimientos de un pueblo, que la que nos legaron los españoles. Desde los griegos hasta nuestros días sólo en España se ha realizado la condición esencial de las grandes producciones estéticas, la concordancia de sentimientos é ideas entre el poeta y el público. La maravillosa composición de Cervantes, la luminosa constelación de autores dramáticos españoles y los incomparables romanceros de España son suficientes para engrandecer á un pueblo.

Por su pasado y por un conjunto de fatales circunstancias políticas, España fué destinada á ser el centro de la resistencia católica, tan necesaria para evitar el triunfo universal del protestantismo que habría retardado la emancipación final del Occidente, y soportó un régimen de opresión que pesa todavía sobre su desarrollo intelectual. El teologismo manifestó libremente en España su oposición á todo movimiento de la actividad pacífica y acabó por matar la industria española cuya decadencia se inició con las salvajes medidas tomadas contra los Judíos y los Arabes. Esta acción paralizadora y retrógrada, ejerció una influencia tanto mayor cuanto que la concentración política excesiva que reinaba en España, ponía todo en las manos de un gobierno todo-poderoso é íntimamente ligado con la Iglesia católica. Los espíritus activos españoles que hubiesen podido contener este movimiento retrógrado, hallaban la compensación en las colonias, partían para el Nuevo Mundo, «de manera que no es dudoso, como lo dice Augusto Comte, que para esta enérgica nación, la expansión colonial contribuyó á retardar gravemente la evolución fundamental.» El gran número de espíritus selectos de España que figuran en nuestra historia colonial, pone de relieve el abandono de la sociedad española al teologismo retrógrado. Las condiciones que acabamos de esbozar, fueron las que detuvieron á España en su marcha progresiva.

El catolicismo no es en España una potencia tan absoluta como se le cree, y el viajero encuentra, si trata á la sociedad española, un número considerable de espíritus emancipados aun en el seno de los proletarios. Lo que si creemos innegable es que ninguna doctrina moderna ha logrado despertar simpatías en la masa del pueblo español.

España se ha quedado atrás sin contribuir sensiblemente al desarrollo científico, filosófico é industrial de los últimos tres siglos. En cambio, el soplo devastador del excepticismo religioso y del egoísmo industrial no ha secado los corazones españoles y éstos han conservado en toda su pureza las nobles cualidades adquiridas en los siglos anteriores. Poseen los españoles en mayor grado que otros pueblos, el sentimiento de la dignidad humana, fundamento esencial de la moralidad; combinan con un poderoso espíritu de nacionalidad, un gran sentimiento de fraternidad universal que se observa en todo el país y en todas las clases sociales. En España es en donde los servidores de las familias se consideran como verdaderos miembros de ellas. La encantadora y profunda sociabilidad de los españoles, sus maneras amables y distinguidas, las reconocen cuantos han tenido ocasión de tratar con ellos. Su corazón no está empedernido por el desenfrenado industrialismo de la época y está lleno de afectos generosos. En España encuentran los europeos el mejor tipo femenino, el que auna en maravillosa combinacion la belleza y la ternura, el valor y el entusiasmo, que dan á la mujer española un encumbrado lugar que se afirma por el hecho de conservar su indispensable influencia doméstica y social.

Escuchemos al historiador inglés Thomas Buckle, que puede reputarse como enemigo de los Españoles, por su profundo odio contra el catolicismo y todo lo católico. Dice lo siguiente: «El valor del pueblo Español no se ha puesto nunca en duda, y el puntilloso honor del hidalgo Español es proverbial en el mundo entero. En cuanto á la nación en general, los mejores observadores declaran que los Españoles son nobles, generosos, francos, íntegros, amigos sinceros y serviciales, afectuosos en todas las relaciones privadas de la vida, caritativos y humanos. Su sinceridad en materias religiosas es incontestable. Son además eminentemente sobrios, y su frugalidad es bien conocida. La probidad comercial española es proverbial y resplandece en todas sus relaciones mercantiles. Seguramente, si se considera en masa, no hay pueblo más humano que los Españoles, ni pueblo cuyos sentimientos hacia sus semejantes sean más benévolos. Desde este punto de vista, los Españoles están probablemente más bien por encima que debajo de las otras naciones.»

En resumen, excelentes disposiciones morales en el conjunto de la población y un atraso indiscutible en el desarrollo intelectual é industrial, pero no absoluto y menor que el de otros países, caracterizan actualmente á España.

Para nosotros, positivistas de la escuela de Augusto Comte, el progreso moral, es decir, el predominio del altruismo sobre el egoísmo, debe considerarse en primer término al apreciar el grado de perfeccionamiento alcanzado por una civilización. Sostenemos con el Maestro que, consistiendo en el fondo nuestra evolución en desarrollar nuestra unidad, es preciso tratar como abortados, ó considerar como puramente preparatorios, todos los progresos de la inteligencia y de la actividad que no influyen en nada sobre el sentimiento, origen exclusivo de la susodicha unidad.

El individualismo y el egoísmo han alcanzado proporciones colosales entre los anglo-americanos y casi han llegado éstos á idealizar al hombre que posee grandes riquezas, aun cuando las haya adquirido engañando á sus semejantes.