Otro de los peligros con que hemos tropezado, ha sido nuestro furor por las instituciones de los yankees. Efectuamos nuestra independencia los hispano-americanos, una generación después que los yankees. Al efectuarla encontramos próspera y libre á la república anglo-americana, y muy seriamente creimos que tomando sus instituciones por modelo seriamos tan felices como ella. No tuvimos en cuenta que las instituciones copiadas no eran artificiales sino naturales, no nos fijamos en que tenían su origen y debían su vitalidad á un pasado, al que habían sido totalmente extrañas las colonias españolas. El Parlamento Inglés, la Asamblea General de Virginia, las reuniones de las ciudades de Nueva Inglaterra, los miembros del gobierno propio de las iglesias, la oposición de las sectas rivales, etc., todos estos antecedentes nos eran desconocidos, y por haber desconocido las huellas profundas de nuestro pasado y haber querido adaptar á un medio diferente del yankee las instituciones de este pueblo, provocamos la anarquía y vivimos en pleno desorden durante muchos años. Ese desorden lo aprovecharon los yankees en sus vecinos los mexicanos, para saciar sus apetitos desordenados. Cuánto mejor hubiese sido que nos hubiéramos contentado con desarrollar nuestras fuerzas sin pensar en imitaciones! Todo nuestro pasado colonial habia sido una convergencia completa de todos los elementos directores hacia una autoridad central, y la huella fué tan profunda, que en toda la América latina, las dictaduras constitucionales han sido hasta hoy las mejores formas de gobierno.

Por lo que atañe al tercer peligro, apenas reconocido, consiste en la impaciencia nuestra por pregonar que tenemos muchas obras materiales, por decir que somos unos pequeños yankees. En la América Española, las obras públicas, como ferrocarriles y tranvías, alumbrado eléctrico y canalización y drenaje de las ciudades, mejoramiento de los puertos y alumbrado de las costas, construcción de palacios y de sitios de recreo, etc., han caminado más aprisa que la acumulación del capital. Estas obras se han efectuado casi siempre con capital extranjero y los intereses de los empréstitos contratados para el efecto tienden á tener y tienen de hecho los caracteres económicos de un tributo (Véase la Economía Política de John Stuart Mill, Libro III, cap. 21, sección 4ª, edición inglesa); de manera que los pueblos hispano-americanos no sólo pagan intereses, sino que sufren una pérdida adicional por verse obligados á sufrir las condiciones de los mercados extranjeros que les venden caro y les compran barato. Es necesario, de consiguiente, al tener en cuenta las ventajas de toda obra pública, cuando se hace con dinero extraño, no sólo si pagará los intereses, sino también si su utilidad es tal que compense la carga que resulta del perjudicial efecto que acarrea la sujeción á un mercado exterior; el olvido de esta consideración pone en peligro á los pueblos latinos de América, de convertirse en simples tributarios de sus acreedores de Europa y de crecer pobres en medio de las apariencias de una gran riqueza.

Ninguno de los peligros ó tropiezos que han hallado en su marcha los pueblos ibero-americanos, tuvieron los yankees en su desarrollo y nada tiene de extraño por lo mismo que hayan progresado más que nosotros; para nosotros el camino ha estado lleno de espinas, ellos se han paseado sobre alfombra de fragantes rosas. Y sin embargo, no debemos envidiarlos; demos las razones.

El orgullo de raza, obstáculo el más grande para la fraternidad humana, el defecto de ridiculizar el patriotismo, el inmoderado amor al oro y demás caracteres del yankee, no han echado raíces en los puebles latino-americanos. Los descendientes de los aborígenes que poseían tierras en la América española ó de los negros emancipados, continúan poseyendo sin que nadie los despoje y toman parte en la vida pública de sus respectivos países, sin temor y sin insulto. En los E. E. U. U. de Norte América los indios fueron declarados sin derecho á la existencia y la sangre de los negros asesinados clama al cielo venganza.

Los pueblos hispano-americanos no han protestado contra los horrores de las prisiones de Siberia ó los asesinatos de Armenia; no envian misioneros á convertir á los gentiles; pero al menos en lo que atañe á sus ciudadanos de color, no son reos de esa mezcla de tiranía é insulto que mancha la civilización yankee por su tratamiento á los chinos, á los indios y á los negros. Nunca ha llamado la atención entre los anglo-americanos encontrar á una tribu de indios preparándose para buscar abrigo ó refugio en México, ni ver salir á los negros que les niegan una carrera en su propia patria, con rumbo al extranjero, donde resultan eminencias. En México, los indígenas saben bien que el Presidente de la República los recibe y trata afablemente, y no es raro ver que los salones de la Presidencia estén llenos de humildes labradores que estrechan sin dificultad la mano del Jefe del Estado. Cuando el negro José Knight, capitalista de Guatemala, volvió á visitar el plantío de Alabama en donde nació como esclavo, para ver á sus antiguos camaradas y á la viuda de su amo, la cual vivía de su generosidad y á cuyo hijo ocupaba como empleado, se sentía humillado á cada paso con las restricciones insultantes impuestas á los negros en su patria, se vió obligado á viajar sin la compañía de sus compatriotas blancos en los ferrocarriles; lo relegaban á los peores asientos en los teatros y por todas partes lo trataban como hombre de raza inferior. En Guatemala había sido un eminente consejero de dos Presidentes y había recibido la consideración que merecía por su probidad y espíritu público. En su tierra natal no hubiera podido tomar la más pequeña participación en la vida pública, sin correr un gran peligro. Acusado de un crimen, se habría visto privado de las garantías más comunes de la justicia, habría sido objeto de un crimen y se habria visto á su asaltante escapar de la cárcel sin castigo alguno.

No, mil veces no; la libertad no se halla exclusivamente entre los yankees, Herbert Spencer lo ha dicho: hay entre ellos pérdida de substancia de la libertad. Los pueblos hispano-americanos tienen sus buenas cualidades, propias de ellos, y sus títulos para que se les honre y se les respete. ¿Estaremos en un error al afirmar que en algunos puntos somos superiores los latino-americanos á los yankees? No lo creemos ni creemos necesario profundizar el paralelo para crear la convicción en nuestros lectores.

De las diferentes naciones que tuvieron colonias en América, sólo España é Inglaterra han dejado una herencia de civilización. Los restos del antiguo imperio colonial de España los pierde España en estos días, pero las leyes, las tradiciones, las costumbres, la lengua, la religión españolas, etc., están destinadas á vivir y á compartir con las de Inglaterra el futuro glorioso del Mundo de Colón. Ojalá que las dos civilizaciones, la hispano y la anglo-americana, puedan vivir juntamente, en harmonía y mutuo respeto, trabajando por la felicidad del género humano. Ojalá que las dos se confundan en una misma, constante y noble aspiración: vivir en paz y atendiendo paralelamente al desarrollo de los buenos sentimientos, de la inteligencia y de la actividad.

Como social é históricamente no hay diferencia sensible entre Portugal y España, cuanto decimos de esta nación debe subentenderse que se aplica á la primera.

Las repúblicas hispano-americanas, á causa de las guerras de independencia y á causa también de una política de incuria con la Metrópoli, tienen poca simpatía por España y desconocen los lazos de cercano parentesco que las ligan con la civilización española. Por otra parte, las ideas revolucionarias y metafísicas que penetraron en nuestros países después de la Independencia, nos alejaron más todavía de España y colocándonos exclusivamente en un punto de vista material, nos condujeron á la ciega admiración de la sociedad anglo-americana que no considera al hombre sino como una máquina de producción. Afortunadamente, comienza á variar la opinión y una vigorosa tendencia á la integración de todos los elementos que constituyen la gran familia española en el Viejo y en el Nuevo Continente, domina ya los cerebros pensadores de los iberos é ibero-americanos. Sin embargo, desconocemos á tal grado la civilización española, que hemos creido obra útil esbozarla al mismo tiempo que la anglo-americana para que se comparen. Importa saber de donde venimos, cuáles son nuestras cualidades y cuáles nuestros defectos para que sepamos conducirnos en el camino que sigamos, aprovechando todos los elementos que poseemos.

España entró á la corriente progresiva de la Humanidad por la conquista romana, y su incorporación al pueblo conquistador por excelencia fué tan completa, que en poco tiempo se apropiaron los españoles las costumbres, la legislación y la lengua romanas. Mi venerable Director Pierre Laffitte, en su ya citado estudio sobre la civilización militar, se expresa de los Españoles así: «......fueron sin duda alguna los que más pronto y de modo más completo se convirtieron en romanos. Fueron el primer pueblo subyugado por Roma fuera de Italia, y desde el tiempo de Sertorio enviaban á sus hijos á las escuelas romanas y se esforzaban por imitar á sus vencedores en el traje, en los usos y en el habla. Hacia la mitad del primer siglo, aparecen por todas partes y quieren reemplazar las viejas y agotadas razas romana é italiana. El filósofo y el poeta de la época son cordobeses: Séneca y Lucano. Al rededor de ellos figuran toda una multitud de literatos y sabios del mismo país; los dos hermanos de Séneca, Sextilio Hena, Estatirio Victor, Moderado Columela, Turanio Gracilio y el geógrafo Pomponio Mela; y más tarde Quintiliano, Marcial y Eneas Floro. Pronto se convierte en poca cosa el hecho de brillar en las artes secundarias, para los ciudadanos originarios de Tarraconense y Bética; se ejercitan igualmente en el arte supremo, el que consiste en gobernar. Entonces, á los emperadores romanos de la familia de César y á los emperadores romanos de la familia Flavia, se suceden una serie de emperadores cuyo acento español provoca la risa cuando hablan en el Senado, pero cuyo genio y bondad son al mismo tiempo el honor y las delicias del género humano. El primero, grande igualmente como administrador y como capitán, merece que después de su muerte se desee á cada nuevo emperador que sea más feliz que Augusto y mejor que Trajano. El segundo, Adriano, emplea quince años de su reinado en recorrer sus Estados, cubre el país con caminos, canales, acueductos, templos, escuelas, circos, fortifica las ciudades, administra justicia, reforma y unifica la legislación y se inicia en todas partes en las costumbres y en las religiones. El tercero, amigo del reposo, proporciona al mundo los veintitrés años más tranquilos y más dulces de que se tiene noticia y recibe los títulos de padre de los hombres y de multiplicador de los ciudadanos. Con Marco-Aurelio, en fin, la filosofía sube al trono y gobierna á la Humanidad.» España forma, pues, parte integrante del principal núcleo civilizador por su asimilación perfecta de todas las manifestaciones de la vida civilizada romana. Aqui llamamos la atención de nuestros lectores sobre una teoría que proclama como regla para juzgar de la superioridad de una civilización, el examen de los caracteres fisiológicos de los individuos; esta falsa teoría desconoce por completo la influencia sucesiva de unas generaciones sobre las siguientes. La superioridad de una civilización consiste en la suma de influencias que ha ejercido y no en su adelanto presente en cualquier época que se le considere.