Que el número es una gran fuerza social entre los yankees, lo prueba la guerra con España y lo prueba mejor aún el hecho de que hayan pisado en son de guerra nuestro territorio, realizando la más insolente y la más injustificada de las invasiones que conoce nuestra especie.

Los anglo-americanos instruidos piensan ya en que su pais puede llegar á ser el que gobierne material é intelectualmente al mundo, y como lo piensan y dicen de buena fe, hay que atribuirlo á una candidez. En efecto, semejante papel no está reservado á una nación que se ha ocupado exclusivamente en luchar contra la naturaleza hasta estos últimos tiempos y cuyas energías se han absorbido en esa lucha; á un pueblo completamente incapaz para tan elevado puesto por su situación y sus antecedentes y por su falta de grandeza de miras en lo que atañe al progreso colectivo, que se ve con el mayor desdén en la tierra clásica de la libertad individual asociada á la opresión industrial, en el país del individualismo más grosero asociado al materialismo industrial.

Arcaica, primitiva, conocida de antaño es la civilización yankee, que emana directamente y sin mezcla alguna de la occidental ó europea; pero los jingoes no han querido considerarla así, y despreciando la esencial diferencia entre ella y la hispano-americana que es la resultante de la fusión de dos civilizaciones distintas, las han parangonado con motivo de la insurrección de Cuba para denigrar á España por habernos dado una civilización atrasada, retrógrada y desordenada. Con un marcado desprecio se han ocupado de nosotros los hispano-americanos, los políticos jingoes yankees é ingleses, y poco ha faltado para que nos inviten á estudiar las primeras nociones de lectura en sus escuelas primarias. Nos han declarado casi indignos de habitar el continente donde viven los descendientes de los colonos ingleses en América, los jingoes yankees y sus padres. Los que han favorecido la intervención yankee en Cuba han presentado como prueba de que toda civilización española es mala, el atraso de los pueblos hispano-americanos, mientras que los partidarios de la dominación española en Cuba han encontrado en los característicos desórdenes de las naciones que rompieron el yugo español, un gran argumento contra la independencia Cubana. Unos y otros han cometido el viejo sofisma que consiste en juzgar á un país por sus diferencias con otro país standard.

No tememos la comparación entre las emancipadas colonias españolas y la antigua colonia de ingleses; nuestros progresos habrán sido lentos (slows, como dicen los que se titulan nuestros superiores) aun cuando de rápidos califican muchos á los que hemos realizado en el último cuarto de este siglo; pero en muchos importantes puntos nos hemos manifestado superiores al gran pulpo de Norte América. Estos progresos rápidos nos han rodeado de un grave peligro, el que corremos si la falta de prudencia nos empuja á gastar nuestras fuerzas en querer lograr de un salto el mismo nivel industrial que los yankees.

En todas las repúblicas hispano-americanas la civilización es esencialmente pacífica é industrial, y ninguna de ellas presenta el triste espectáculo de los anglo-americanos que pasan de un estado de paz á uno de guerra, que de sociedad industrial se convierten en sociedad de presa, que de actividad pacífica se transforman en actividad guerrera. La rapacidad de los padres de los yankees, que parecia comprimida en los hijos, vuelve á surgir después de haberse saciado durante medio siglo con el medio cuerpo de que nos despojaron.

Ninguna acusación de rapacidad puede formularse contra tas repúblicas hispano-americanas, y si bien es cierto que algunos diplomáticos de nuestro país han tenido el inmoral pensamiento de que nos anexemos Centro América, no menos lo es que jamás se han atrevido á emitir á las claras sus ideas, y menos aún por escrito, debido al temor que les ha inspirado la certeza de alcanzar entre nosotros una universal reprobación.

Deshonroso es para los hijos de los ingleses de América el no haber sabido apreciar las ventajas de una sociedad en la que el ejército por su número y sus funciones tenia los caracteres de una verdadera gendarmería; vergonzoso es para los mismos demostrar con elocuentes hechos, que no decian la verdad los publicistas que decian: la creencia que habian reputado como ilusión muchas personas, relativa á la posibilidad de vivir sin guerras, ha encontrado una prueba entre los anglo-americanos, y la esperanza en el reinado de la paz entre las naciones es entre ellos un precedente y una confirmación.

Las consecuencias de la guerra actual no escapan á la penetración común de las gentes, los E. E. U. U. de N. A. sostendrán un gran ejército y una numerosa armada, la ambición de adquirir de la raza anglo-americana quedará por lo pronto satisfecha con la adquisición de nuevos territorios y McKinley y sus colaboradores cargarán con la responsabilidad de haber convertido á su país, de país que profesaba amor á la justicia y respeto á las libertades ajenas, en nación conquistadora. Un pueblo que retrocede del estado industrial á la actividad conquistadora ó guerrera, va en busca de su propia derrota é inaugura su decadencia histórica; creemos que ésta comienza para el gigante de Norte-América.

La historia de la proclamación de la república en el Brasil y de la rebelión contra el nuevo Gobierno son la mejor prueba de que los brasileños son capaces de defender y sostener su incomparable divisa: «Orden y progreso.» En los años de 1886 á 1896, llenos de trastornos para los brasileños, el comercio marítimo del Brasil aumentó en más de la mitad de lo que era anteriormente, mientras que el mismo comercio de la Guayana Inglesa permaneció casi estacionario.

Los pueblos hispano-americanos al emanciparse de la Metrópoli, se encontraron en presencia de tres grandes peligros, uno de ellos muy serio, los otros menos serios pero siempre reales. El primero era el considerable poder político del clero católico, que continuaba gozando del mismo prestigio que en la época colonial, en la marcha de la sociedad. La gran campaña efectuada contra la dominación clerical en la América latina, cuyo glorioso comienzo inició el Dr. Francia en el Paraguay y cuyo último resultado ha sido el rompimiento con la Iglesia en el Brasil, como consecuencia de la gloriosa revolución de 1889, alcanzó su triunfo más espléndido con la luminosa victoria intelectual y moral del hombre de Estado más grande de América, del incomparable Benito Juárez.