Cuando en Abril de 1896 el Congreso anglo-americano discutía la cuestión de Cuba, la Prensa Asociada, un sindicato que da noticias á los periódicos, inventó á sangre fría la noticia de que los Españoles en Cuba habían martirizado secretamente á cuatro patriotas cubanos con el garrote, el más cruel de los instrumentos de la Inquisición, se agregaba. Pocos días después algunos periódicos corrigieron la noticia, diciendo: que los cuatro patriotas eran cuatro asesinos negros, y que el garrote no era sino el instrumento para ejecutar á los criminales, infinitamente más humano que la cuerda usada por los yankees y que prolonga la agonía de los ejecutados hasta más de 15 minutos. ¿Qué fines perseguía el sindicato llamado «Prensa Asociada?» Influir en las discusiones de la Cámara de representantes.
Se nos dirá que tan crasa ignorancia se limita á las masas cuya instrucción y criterio son periodísticos; no, un Judío rabí, muy popular por cierto entre las masas y profesor en la Universidad del Estado de California, dijo, que la reina Isabel primera de España, había sido castigada por Dios privándola de tener hijos por sus muchas crueldades! La misma lumbrera de la historia afirmó en Abril de 1896, que los derechos civiles que las mujeres quieren tener entre los yankees, ya los habían obtenido en Roma, y que todo el mundo conocía los resultados que dieron.
Una de las tendencias de los hombres es la exageración de su poder y el querer explicar los acontecimientos como obras propias. De aquí nació dar á los dioses la forma humana y dotarlos con las pasiones y flaquezas del hombre. Esta tendencia, bien exagerada entre los yankees, ha exaltado en ellos su orgullo y vanidad á un grado sumo, y la arrogancia de que dan pruebas á cada paso lo corrobora. Olvidan que así en el mundo inanimado como en el orgánico, en el intelectual como en el moral, en el político como en el social, poco es lo que una época produce de nuevo y ventajoso, menos aún lo que un individuo añade por sí mismo á los progresos de su edad. La última molécula de materia que produce la cristalización en una solución saturada, no posee en sí la virtud de crear el fenómeno; es el conjunto de moléculas anteriormente disueltas, unido á ella, lo que determina la formación del cristal. Estos principios elementales de la ciencia y de la filosofía los olvidan á cada paso los anglo-americanos y causa risa oirles hablar de Edison, por ejemplo, porque no hay para ellos Física sin el inventor del fonógrafo y porque no parece sino que este inventor ha creado la electricidad.
En el orden político y social los grandes hombres anglo-americanos nos los pintan perfectos sus historiadores, sin verrugas, no como á Cromwell, y no se conoce historia yankee donde no se pinte á Washington como dechado de sencillez republicana y modelo de virtudes cívicas y de austeridad, á pesar de que sus mismas cartas enseñan, proclaman, que era un aristócrata orgulloso y que pasaba parte de su vida en fiestas en que se bebía mucho vino; los yankees le llaman padre de la Patria, y la verdad es que Tomás Pain y Jefferson tienen más derecho á ese título; cierto es que éstos eran libre-pensadores y que olían mal á los olfatos hipócritas de los descendientes de los puritanos. No negamos á Washington sus grandes méritos, no le regateamos ningún elogio, es uno de nuestros santos, pero no admitimos que se le presente como hombre exento de imperfecciones y defectos. Lo propio pasa con Lincoln; sus compatriotas, por la exageración propia de ellos, lo ensalsan por la emancipación de los negros, no obstante que todos saben que jamás tuvo la idea de emanciparlos y que lo hizo obligado por los yankees del Norte, que careciendo de esclavos, adoptaron la medida como acto de represalia contra el Sur y no como acto de justicia y humanidad.
Al lado de los feos lunares de la civilización anglo-americana, se encuentran sorprendentes adelantos del orden puramente material. El inmenso desarrollo de los ferrocarriles y telégrafos, la magnificencia y esplendor de las ciudades, las riquezas acumuladas y todo lo que no pertenece al orden moral é intelectual, son muy superiores entre los yankees á todo lo europeo del mismo género. Esta sorprendente civilización material de nuestros vecinos del Norte, ha originado que se califique de extraordinario al pueblo yankee por los espíritus superficiales que creen en la generación espontánea y en la idea absoluta de civilización. Esta, como todas las cosas, es relativa y depende del trabajo sucesivo de todas las generaciones que conduce á nuestra especie hacia un límite que consiste en el orden social más conforme á nuestra naturaleza y á nuestra situación en el planeta. Dicho límite no puede alcanzarse inmediatamente, como lo han supuesto los yancófilos, y se alcanza de acuerdo con una marcha natural necesaria que marca los pasos de toda evolución. El Positivismo ha descubierto las leyes de esa evolución progresiva y á ellas no se sustrae la nación que tuvo por núcleo al pueblo inglés.
Nada maravilloso tiene el progreso de los yankees cuando se reflexiona un poco sobre sus orígenes. Por una parte, los colonos que han poblado el país se encontraron en presencia de grandes riquezas naturales; por otra, destruyeron á los aborígenes que eran para ellos un obstáculo á sus adelantos, y por otra más el elemento industrial europeo del tiempo de las guerras religiosas, expulsado de Europa por su fanatismo, fué el que pobló en su origen el país de que hablamos. No negamos cualidades á los anglo-americanos, pero hay diferencia entre concedérselas y admitir que son un prodigio de hombres cuando nada sobrenatural constituye la explicación de sus grandes adelantos. Tampoco debe sorprendernos el elogio hiperbólico tributado á los yankees si atendemos al carácter de nuestra época. La situación general de las sociedades europeas, desde el siglo XIV se caracteriza por la subordinación del progreso moral al progreso material é intelectual; en el presente siglo dicha situación ha empeorado y el progreso intelectual se subordina actualmente al progreso industrial. La ciencia no se concibe por ahora sino como un auxiliar de la industria, y el arte no es más que un medio de perfeccionar los procedimientos de satisfacción personal que la industria crea. Con tales ideas, la palabra progreso significa desarrollo industrial ilimitado. De aquí que para un gran número de espíritus activos, el ideal de la civilización consiste en transportarse rápidamente de un sitio á otro y en comunicar sus impresiones instantáneamente de un lugar á otro. Se considera en estos tiempos como más importante la rapidez del transporte que la calidad de los cerebros transportados y como más urgente el perfeccionamiento del telégrafo eléctrico, que el mejoramiento de los sentimientos é impresiones que transmite. Resumiendo, se cree más necesario descubrir nuevos medios, que moralizar el empleo de los que ya existen. Nada extraño tiene de consiguiente, que se proclame la gran superioridad del pueblo yankee sobre los demás pueblos por encontrarse en él los mejores medios de transporte y los más perfeccionados para la instantánea transmisión de las ideas. Desde principios del siglo ha llamado la atención á todos los observadores el carácter de la civilización anglo-americana; el Gral. Bernard escribía en 1817 ó 1818 una carta á Augusto Comte, en la cual, después de lamentar amargamente el espíritu puramente práctico de los yankees, agregaba para concluir: «Si Lagrange viniese á los Estados Unidos, no podría vivir aquí sino como agrimensor.»
Si de la sociedad pasamos á su representante, ó sea al Estado, nada hay que admirar entre los yankees.
Un gobierno cuyo jefe da gracias á Dios por las victorias de su ejército y que cree, por tanto, en la influencia de agentes sobrenaturales en la dirección de los asuntos terrestres, enseña claramente que está compuesto de personas que se hallan apenas en el estado preliminar de evolución de nuestra especie, y trae á la memoria al Dios de Tirso, á que alude el ilustre escritor en los versos siguientes:
Vinieron los Sarracenos
Y nos molieron á palos,
Que Dios protege á los malos
Cuando son más que los buenos.
Pasaron ya los tiempos en que se creía que la forma más ó menos avanzada en que se constituye políticamente una sociedad, cambia su esencial modo de ser, y pasaron gracias á Augusto Comte, que nos enseña que los fenómenos sociales dependen del estado general de la cultura de los pueblos, de su mayor ó menor progreso intelectual y moral. Un observador tan sagaz como Herbert Spencer, ha calificado á la Constitución anglo-americana como Constitución de papel, es decir, que el «pueblo soberano» yankee no es sino un maniquí manejado por políticos de baja clase que especulan de manera muy escandalosa. Las instituciones de nuestros vecinos serán excelentes consideradas en abstracto, prácticamente no han conducido á ningún resultado superior, y sí han producido una corrupción gubernativa de la que no hay ejemplo en la historia. Todos los que conocen un poco la democracia anglo-americana, nodriza de la corrupción política, saben bien lo que significa el nombre de Tammany, cuya última victoria, victoria de corrupción, ha entusiasmado á los europeos por la pureza de sus administraciones en parangón con la municipal de Nueva York. Un concienzudo escritor inglés, S. H. Swinny, refiriéndose á dicha última victoria, ha dicho: «El pueblo de Nueva York acaba de declarar por medio de su voto, que prefiere la corrupción municipal á la malvada tiranía de los que se declaran santos á sí mismos.» En el ensayo de Herbert Spencer sobre el Gobierno Representativo hay algunos elocuentes testimonios de la corrupción del Ayuntamiento de Nueva York, que es crónica y data de hace muchos años. El número, el dinero y muy pronto el sable son las tres grandes fuerzas sociales de la gran democracia anglo-americana, en la que los «boss» y los «trusts» y los ejércitos de «pensionistas» regentean votos para el que les ofrece mejores recompensas en empleos, en modificaciones al arancel ó en aumento á las pensiones. ¡Oh democracia, tú también eres un sueño! exclaman los jóvenes entusiastas de cinco lustros no cabales, al conocer el federalismo yankee y al recordar al célebre romano.