Lo que tienen de odioso los procedimientos de represión empleados por los ingleses en sus colonias, contrasta singularmente con lo que tiene de grande la conducta de España en las suyas, á saber: incorporar para asimilar. De preferencia hemos comparado á Inglaterra y España como pueblos conquistadores, porque es corriente en distinguidos publicistas reputar á los ingleses como superiores á los demás europeos, moral é intelectualmente. No participamos de la opinión y nos limitamos á expresarla.

«El modo propio de colonización entre el Norte y el Sur de la América, dice el excelso Augusto Comte, introdujo una diferencia continua en lo que atañe á las respectivas relaciones con los pueblos principales. Sistematizada por el catolicismo y la dignidad real, la trasplantación ibérica ha conservado el conjunto de los antecedentes, y aun permitido, como lo he explicado, un desarrollo mejor de los caracteres esenciales. Mas la colonización británica, originada por un enérgico esfuerzo individual al que sirvió de consagración el protestantismo, ha alterado tanto más las tradiciones sociales cuanto que emanó sobre todo de perseguidos y sublevados. Aun cuando los dos modos se corrompieron gravemente por la esclavitud de la raza afectiva, esta monstruosidad determina entre ellos un constraste decisivo en el que se aprecia hasta qué grado coloca á los protestantes debajo de los católicos la insuficiencia de la disciplina temporal y espiritual. Reproducida bajo los demás aspectos, esta diversidad convierte á los Americanos británicos en los más anárquicos de los Occidentales, porque han desarrollado las imperfecciones y comprimido las cualidades del tipo inglés.» (Sistema de Política Positiva, tomo IV, págs. 494 y 495.)

Nos parece ocioso insistir para deber afirmar que desde el punto de vista de la moral relativa, tiene España á su favor lo que no tiene ningún otro pueblo, es decir, actos civilizadores. La aptitud de una colonia para gobernarse á si misma, siempre que en ella haya habido fusión de dos elementos étnicos, es un honor para el pueblo que conquista, porque prueba que supo infundir vida y calor á un nuevo elemento étnico formado y robustecido por él.


Si grandes errores han intentado propalar los jingoes y sus periodistas en lo que á España atañe como nación conquistadora, estupendas aseveraciones han lanzado también al juzgar la civilización española. Mucho importa pues, precisar el papel de los dos pueblos contendientes, en la marcha de las sociedades modernas. Se ha presentado á España como una nación decrépita y llena de vicios, y á la nación anglo-americana como un país henchido de virtudes. No vamos á profundizar el tema de si España ha influido más en la civilización que los E. E. U. U. de Norte América, porque semejante empeño nos conduciría á escribir un libro; indicaremos únicamente lo que nos parece esencial en la cuestión.

Si la grandeza de las naciones se midiese en los actuales tiempos, por la extensión de sus fronteras y por su adelanto industrial, tendriamos que proclamar á voz en cuello que nuestros vecinos del Norte son el pueblo más grande de la tierra. Pero no miden así los que interpretan sabiamente la significación del encumbrado puesto que ocupa un grupo humano en la escala de las naciones, y todos los pensadores trabajan porque los pueblos aspiren, ante todo, á la más alta moralidad; por eso llaman grande á Suiza, aun cuando sea más pequeña que un condado de Texas y su industria valga menos que la de cualquier miembro de un poderoso sindicato yankee.

Los E. E. U. U. de Norte América son un pueblo grande, pero no un gran pueblo, son un coloso, pero no una gran nación, y si es verdad que han demostrado tener un vigor asombroso y que han dado pruebas de virilidad sin igual, lo es también que ésto lo han logrado á expensas de la moralidad. ¡Ay del que entre los anglo-americanos no adquiere el todo-poderoso oro! La posesión de este metal es entre ellos el único fin de la vida y para lograrla, todos los medios se justifican. De aquí resulta que en ninguna parte del globo florece tanto el crímen como entre los yankees. Los periódicos de sus principales ciudades anuncian diariamente en las noticias locales, de dos á tres suicidios. Los asesinatos son tan frecuentes que ya no causan aversión, menos espanto. La esclavitud de mujeres importadas de China para la prostitución, se permite, á pesar de que los periódicos relatan los medios empleados para efectuarla y dan detalles sobre lo que cuesta tapar los ojos de los funcionarios públicos. La frecuencia con que se practica el aborto criminal, disimulado con los hipócritas y siempre trasparentes velos del réclame, es un hecho entre nuestros vecinos.

Lo que se opone en los E. E. U. U. de N. A. á la adquisición de la riqueza se destruye; se ejecuta lo que puede darla en el acto aun cuando se destruya la del porvenir. Los naturales casi han desaparecido destruidos por el fuego y el hambre ó con el fomento de sus vicios y la inoculación de enfermedades. Los mexicanos que habitaban el territorio que nos fué arrebatado, y sus descendientes, han desaparecido también por medios semejantes. Los extensos y ricos bosques de maderas de construcción que tenían los yankees y que hubieran podido surtir á la nación por siglos, los han talado en pocos años. Los animales indígenas no han tenido mejor suerte, y las valiosas nutrias y el útil búfalo están exterminados; los pocos animales de una y otra especie que se conservan los ha preservado trabajosamente el interés científico contra la especulación comercial. No hay día en que no se cuelguen docenas de hombres sin formación de causa por medio del asesinato más cobarde que se conoce y que ellos llaman ley Linch, como se hizo en Nueva Orleans con una docena de pobres italianos y se practica en todas las regiones apartadas con polacos, mexicanos, negros, italianos, etc. ¿Qué sucede con los negros á pesar de que tienen todos los derechos civiles? Si alguna vez quieren ejercerlos en los Estados del Sur, se les recibe á balazos. Pero lo más grave es que á pesar de que esos crímenes son frecuentes y de que los que los perpetran son gente bien conocida, las autoridades no los castigan ni el público los reprueba. Es un hecho que entre nuestros invasores sólo con dinero se obtiene justicia. Ni un solo hombre rico ha sido ejecutado entre los yankees, á pesar de que en las clases ricas se cometen más delitos que en las otras.

Se nos dirá que exageramos y que es imposible que tal estado de cosas no fuese denunciado. No relatamos sino hechos conocidos, públicos en San Francisco, por ejemplo. La maldad siempre se ha cubierto con el manto de la hipocresía y por medio de ardides se logra lo que la razón no alcanza. El mal es tan universal en estos tiempos, que todos se interesan en ocultarlo como el leproso esconde sus llagas y el sifilítico sus lacras.