«Con excepción de algunos golpes audaces de los rebeldes, la resistencia ha sido poca.»

«Cerca de 3,000 bueyes y de 5,000 carneros se han pillado.»

«El Petit Fanal dice que el único medio por ahora de lograr la seguridad de nuestras fronteras del Oeste y del Este es destruir Figuig, pillar El Abiod, la ciudad de las diecisiete mezquitas, y arrojar á los cuatro vientos las cenizas de Hamza.» (Argel 24 de Junio de 1881.)

Todos estos elocuentes hechos ponen á los Españoles á una altura envidiable por sus procedimientos de conquista; mas evitemos seriamente toda ilusión sobre las cuestiones de civilización, proclamemos que los Españoles en el siglo XVI, fuertes por la superioridad de sus creencias religiosas y de su civilización más avanzada, invadieron los vastos imperios de México y del Perú; no ocultemos que con el fierro en la mano impusieron el cristianismo y su orden social para satisfacer á los verdaderos móviles que los animaban, la sed de oro y el amor á la dominación; condenemos su conducta, execremos no sólo su crueldad y su avaricia, sino su espíritu de cruzada, su falta de respeto y de simpatía por las instituciones de los vencidos; maldigamos la destrucción de civilizaciones interesantes; pero no olvidemos que la tolerante moderación de un Olmedo protesta contra el fanatismo opresivo de un Cortés; no olvidemos tampoco que en la conquista de América el clero español se constituyó generalmente en el órgano enérgico de la moral contra la opresión, como lo prueba el hecho de que el Sr. Lic. Ignacio M. Altamirano, escritor que se distinguió siempre por su apasionamiento contra todo lo español, diga refiriéndose á los frailes españoles que, animados del espíritu cristiano de los primeros tiempos, venían á México resueltos á hacer del indio su amigo y á atraerlo al sendero de la civilización con los tiernos lazos de la fraternidad y de la virtud: «Hay que honrarlos y venerarlos; ellos forman el primer grupo de nuestros hombres grandes de América»; hagamos, sin embargo, á un lado toda la noble conducta de los Españoles para suponer en ellos igual ó mayor crueldad que en los otros pueblos con los aborígenes subyugados y preguntar: ¿qué han hecho los Ingleses, Franceses, Alemanes, Holandeses, etc., en bien de los mismos aborígenes para borrar las horribles manchas de la cruel explotación y exterminio perpetrados en ellos?

Nada distinto del exterminio de los aborígenes y de sus respectivas civilizaciones, mientras que los Españoles, únicos en el mundo moderno, adelantándose á su época, pusieron en práctica la memorable sentencia de Danton: «No se destruye sino lo que se reemplaza,» y si bien destruyeron civilizaciones tan avanzadas como las de los Incas y los Aztecas, que adunaban los suaves matices del adelanto con el sombrío colorido de la barbarie, en cambio incorporaron á su civilización á los pueblos conquistados, y gracias á esa incorporación, surgieron á la vida moderna con caracteres propios y bien definidos, los pueblos hispano-americanos. Gracias también á esa misma incorporación, poseemos los habitantes que moramos desde el río Bravo hasta la Tierra de Fuego, nombres gentilicios, porque los Españoles en medio de su destrucción, conservaban mucho y los ingleses siempre han arrasado. Los yankees carecen hasta de nombre gentilicio, porque no hay nada en ellos que sea un signo de los primitivos pobladores del territorio que actualmente poseen.

Mucho importa caracterizar el interés que tiene la anterior pregunta en nuestro punto de vista. De la misma manera que no se puede juzgar á un hombre por hechos aislados de su vida ni por la conducta de su juventud, sino por el conjunto de su existencia, por el total de su carrera que fija el verdadero valor social y moral, no se puede juzgar á un pueblo por un acto sino por la suma de actos realizados que precisan la cantidad de obras buenas y de obras malas. Un hombre y un pueblo pueden estar exentos de faltas y carecer al mismo tiempo de méritos, y al contrario, se pueden tener grandes méritos habiendo cometido graves faltas. El gran San Pablo, que en sus primeros años de vida de adulto persiguió cruelmente á los cristianos, no deja de ser por esa persecución el primero de los defensores de la doctrina cristiana y aun su verdadero fundador por la organización que le dió. El eminente San Agustín consigna en sus Confesiones todas sus primeras faltas, que desaparecen después por su conducta observada luego que se efectuó en él la transformación moral. Nada significan los errores y las faltas de San Pablo y San Agustín, y fueron graves, cuando se les compara con la sublimidad de sus actos posteriores. Una inmoralidad se puede corregir con actos morales y éstos desaparecen con inmoralidades. Un hombre vicioso y que se regenera, se purifica, y un virtuoso que se prostituye, se corrompe. Una mancha se borra con no cometer otra ú otras y con ejecutar buenas acciones, y éstas se borran con los malos actos. Cuando un criminal se suicida, aplauden su determinación los partidarios de la moral absoluta, los que creen que una falta no puede borrarse sino con otra mayor; cuando ese criminal trabaja y se modifica favorablemente, el partidario de la moral relativa no lo rechaza y le permite que se incorpore de nuevo á la sociedad, porque ya ha purgado sus delitos y ha elegido nueva senda. Así obraron los Españoles; al comenzar sus conquistas cometieron graves faltas, pero las repararon participando á sus conquistados de todo lo bueno que tenían, incorporándolos á su clase social para asimilarlos después y totalmente al elemento español. No han obrado así los otros pueblos modernos conquistadores, y mientras España mataba y robaba haciendo algo bueno después, los otros pueblos han matado y robado constantemente hasta exterminar por completo.

La verdadera conquista, es decir, tal como la practicaron los romanos, sólo los Españoles entre los pueblos modernos la han realizado, y no podía dejar de suceder así en la nación que produjo al gran Trajano, al digno sucesor de César, que trazó al pueblo ibero el derrotero en materia de conquista. Es verdad que de doce y medio millones de habitantes que tenemos, sólo cinco son de mestizos, y que hay más de seis de aborígenes en nuestro país; no podía ser de otra suerte: España era país poco poblado en el siglo XVI, no fué México su única colonia, casi se despobló para colonizar América, y de hecho la incorporación no se efectuó sino en una parte de nuestro territorio, porque en grandes extensiones no hubo conquista propiamente dicha, sino posesión nominal de la comarca, como todavía nos pasa con vastas extensiones de nuestro territorio, donde ni la autoridad de nuestro gobierno ni la influencia de nuestra civilización se hacen sentir. De esa fusión del elemento Ibero y el Azteza, Zapoteca, Maya, etc., salimos los mestizos, es decir, los mexicanos, y entre ellos la mujer mexicana, gala de nuestro país y admiración de propios y extraños por la combinación particular que en ella se observa de las elevadas dotes que requiere el difícil papel de hija, de esposa y de madre.

«Conquistar! dice mi caro y venerable Director Pierre Laffitte en su profunda apreciación de la civilización militar ó romana, muchos se han creido capaces de hacerlo; pero guardar y organizar la conquista de tal suerte que los pueblos vencidos no formen después sino una misma nación con el pueblo victorioso, y que ninguno de ellos haga esfuerzos posteriores para recobrar su independencia, sólo los Romanos supieron hacerlo, y lo hicieron observando la conducta más juiciosa y hábil que un pueblo de prácticos pudiese imaginar.»

Las anteriores sabias palabras á ningún pueblo moderno conquistador pueden aplicarse en parte si se exceptúan los españoles y portugueses.

¿Vamos á creer por lo que dice M. Laffitte que los romanos no cometieron crueldades? De ninguna manera, las conquistas son actos militares, se efectúan con violencia y forzosamente producen atropellos.