No entra el caso de Cuba, calificado de insurrección por los mismos anglo-americanos, en la circular del Gobierno de 1848, dirigida á los diplomáticos de Francia. No hay que olvidar, por otra parte, que una comisión de polacos y otra de irlandeses se presentaron en Paris á Lamartine, para solicitar el apoyo de su país, con el fin de sacudir el yugo opresor de sus respectivos dominadores, y que á los primeros les contestó, diciéndoles que los medios elegidos por la Francia para ayudarles, eran los medios pacíficos; y á los segundos: «Quand on n’a pas son sang dans les affaires d’un peuple, il n’est pas permis d’y avoir son intervention ni sa main.»
Además, los cubanos no han solicitado el auxilio de los anglo-americanos para realizar su independencia de España. Asunto es éste, el de la intervención de una potencia en las luchas de un pueblo con otro pueblo, que no tomará cuerpo mientras la política no se subordine á la moral, porque es de aquellos que tocan á la abrumadora pregunta que dice: ¿Dónde termina el uso de un derecho y dónde comienza el abuso?
Una razón de analogía podrían invocar los llamados amigos de los cubanos para justificarse, á saber: el hecho de no haber podido ellos realizar su independencia sin la poderosa ayuda del gran pueblo francés y del noble y generoso pueblo español. El caso actual es diferente por faltar en él la petición expresa de auxilio por parte de los cubanos, por no haber ningún Franklin de por medio.
Examinemos las causas de la guerra desde el punto de vista moral.
El derecho de gentes, no es en rigor una ley: es simplemente la costumbre de las naciones, ó mejor dicho, un conjunto de usos internacionales que, de la misma manera que otros usos, ha nacido ó de un sentimiento de justicia ó de la comunidad de intereses ó de opiniones y preocupaciones arraigadas. ¿Es racional exigir que cuando todo cambia y varía, se transforma y evoluciona, no varíe la ley de las naciones? No, contestamos enérgicamente. El derecho internacional se ha transformado y deberá transformarse, ha evolucionado en el presente siglo y evolucionará en los venideros, y asuntos que antes no motivaban una intervención de las naciones, la motivan hoy por asentimiento unánime de las mismas. ¿Puede haber un motivo de intervención más simpático y más urgente, y más irresistible que el de ayudar á un pueblo amoroso de su libertad, que toma las armas contra un tirano que oprime y explota, contra un opresor extranjero? No, respondemos espontáneamente y casi sin darnos cuenta del raciocinio que nos conduce á ese enérgico adverbio de negación, porque el sacrificio de los fuertes en favor de los débiles es un precepto de moral para todo aquel que quiera vivir á la altura de nuestra época.
Supongamos que en el caso de Cuba el pueblo de la isla careciese de todo espíritu de libertad durante su período colonial, y que pudiese considerarse al español como un opresor extranjero; nada más noble ni más elevado, ni más digno de espíritus superiores, que la protección del anglo-americano al cubano, para que éste conquiste las libertades á que aspira. Y sin embargo de lo anterior, ni en Europa ni en América se ha creido en la moralidad de los anglo-americanos. ¿Por qué cuando los franceses vinieron á Nueva Inglaterra á luchar contra los ingleses en favor de los colonos, no surgió el mismo sentimiento de desconfianza en la buena fe de los hijos de la patria de Molière y Richelieu? ¿Por qué hoy duda el mundo entero de los elevadísimos sentimientos humanitarios de los compatriotas de Grant, Austin y McKinley? Porque la idea de que el mundo está regido por leyes, de que no está sometido á incesantes variaciones, de que presentará mañana la misma serie de fenómenos que hoy y que ayer, es una idea que en cierto grado ha dominado á todos los cerebros humanos. Porque el francés ha sido y será siempre colectivamente desinteresado hasta el sacrificio, y el americano egoista y calculador hasta la avaricia. Porque el gran tipo del Quijote pintado por el sublime Cervantes es latino y ante todo español, porque los quijotes no se conocen entre los sajones, y aun cuando el tio Samuel—personificación caricaturesca de nuestros vecinos del Norte—físicamente tenga parecido con el héroe de Cervantes, no podemos ver en él sino á un negociante disfrazado de Don Quijote. Porque, en fin, los antecedentes de los anglo-americanos y toda su historia nos inducen á dudar de su buena fe. Si el pueblo español se levanta en armas para socorrer á un oprimido, nadie duda de su caballerosidad y buena fe, porque es pueblo que ama lo grande y lo noble, lo bueno y lo bello.
Veamos si hay algunas pruebas escritas, algunos hechos que justifiquen esa desconfianza con que han visto á los anglo-americanos todos los pueblos del planeta.
Que la guerra ha sido causada por especuladores, quienes adquirieron millones de pesos en bonos de la Junta Cubana, los cuales distribuyeron entre altos funcionarios y entre los principales periódicos de sensación llamados «Yellow Journals,» se asegura públicamente en los Estados Unidos de Norte América. También se asegura que el gobierno de McKinley jamás creyó que España se lanzara á una guerra cuyos resultados debian ser desastrosos para ella. El hecho de que España haya preferido la guerra á la humillación, ha sido incomprensible para un pueblo de negociantes como lo es el que nos avecina por el Norte. No sin razón se decía en Europa al comenzar la guerra: el acto de aceptar España una lucha tan desigual por defender únicamente su honor, consuela y alienta en estos tiempos de triste mercantilismo en que los pueblos no se mueven sino impulsados por el interés y atraídos por la codicia. Es inconcebible para el yankee que haya defendido su honra el español, porque el egoismo caracteriza al primero y el altruismo al segundo, porque el primero es frio y calculador y no se mete en cuestiones, á no ser que todas las ventajas estén de su parte.
La idea de que no ha guiado á los yankees un sentimiento de desinterés en los asuntos de Cuba, ha tomado origen en publicaciones de ellos que claramente revelan sus tendencias y propósitos. El ingeniero anglo-americano E. L. Corthell, sucesor del célebre capitán James B. Eads, en su opúsculo de 1804 titulado «El Ferrocarril para Buques en Tehuantepec,» se expresa así:
«La via de Nicaragua ha sido considerada como la via americana. Si es así, entonces Tehuantepec es una via aun más americana respecto de todos sus caracteres comerciales, y seguramente es de más importancia para nosotros desde el punto de vista estratégico, que ninguna otra via del mar Caribe.»