«Señores—dijo entonces un ladrón que estaba sentado entre el teniente y el capitán—, las historias que acabamos de oír no son tan variadas ni tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a una aldeana o labradora de las cercanías de Sevilla. Tres semanas después que me dió a luz, como era todavía moza, bien parecida, aseada y muy robusta, la buscaron para que criase un niño, hijo de padres distinguidos, que acababa de nacer en dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele, y apenas se vió con él en su aldea cuando observó que él y yo éramos algo parecidos, y esta observación le excitó el pensamiento de trocarnos, con la esperanza de que con el tiempo le agradecería yo el buen oficio. Mi padre, que no era más escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la superchería. De suerte que, habiéndonos mudado de pañales, el hijo de don Rodrigo de Herrera fué enviado con mi nombre a otra ama para que le criase, y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro.

»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza de la sangre, los padres del caballerito fácilmente se dejaron engañar. No tuvieron la más mínima sospecha de la pieza que les habían jugado, y hasta los siete años me tuvieron siempre en sus brazos; y siendo su intención hacerme un caballero completo, me buscaron todo género de maestros. Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les hacen poco honor; yo fuí uno de éstos. Tenía poca disposición para los ejercicios que me enseñaban y mucha menos inclinación a las ciencias en que me querían instruir. Gustaba más de jugar con los criados de casa, yéndolos a buscar a la caballeriza y a la cocina. Pero el juego no fué mucho tiempo mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me emborrachaba todos los días. Retozaba con las criadas; pero particularmente me dediqué a cortejar a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo y buen color me gustaban mucho, pareciéndome que merecía mis primeras atenciones. Enamorábala con tan poca cautela, que hasta el mismo don Rodrigo lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome la bajeza de mis inclinaciones, y por temor de que la presencia del objeto hiciese inútiles sus reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea.

»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme. Robé sus pedrerías a la mujer de don Rodrigo; corrí en busca de mi bella Elena, que vivía en casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella a la mitad del día para que ninguno lo supiese, y aun pasé más adelante. Llevéla a su tierra, donde nos casamos solemnemente, así por dar este despique más a los Herreras como por dejar a los hijos de familia un ejemplo tan bueno que imitar. Tres meses después de mi arrebatado matrimonio supe que don Rodrigo había muerto. No dejé de sentir su muerte. Partí prontamente a Sevilla a pedir su herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi madre había ya fallecido, y antes de su muerte tuvo la indiscreción de declarar lo que había hecho, en presencia del cura y de otros buenos testigos. El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar, o por mejor decir, el suyo, y acababa de ser reconocido por tal, con tanto mayor aplauso y alegría cuanto era menor la satisfacción que yo les causaba. De manera que, no teniendo nada que esperar en Sevilla y fastidiado ya de mi mujer, me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo cuya disciplina di principio a mis caravanas.»

Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro la suya, diciendo que él era hijo de un mercader de Burgos y que en su mocedad, llevado de una indiscreta devoción, había tomado el hábito de cierta religión muy austera, de la cual había apostatado algunos años después. En fin, todos los ocho ladrones hablaron por su turno; y cuando los hube a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron luego de conversación, y propusieron varios proyectos para la próxima campaña, sobre los cuales tomaron su resolución, y se fueron a la cama. Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto. Yo seguí al capitán Rolando al suyo, y mientras le ayudaba a desnudar, «Ahora bien, Gil Blas—me dijo—, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre estamos alegres. Entre nosotros no se da lugar al tedio ni a la envidia. Jamás se oye aquí discordia ni disensión; estamos más unidos que frailes. Tú comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida muy agradable, pues no te tengo por tan tonto que te dé pena el vivir entre ladrones.»


[CAPÍTULO VI]

Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su tentativa.

Después que el capitán de bandoleros hizo esta apología de su honrada profesión, se metió en la cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas en su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo—así se llamaba el negro—y la tía Leonarda me esperaban cenando. Aunque no tenía hambre, me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y viéndome tan triste como era regular estarlo, procuraban consolarme aquellas dos análogas figuras; pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?—me preguntó la vieja—. Antes bien, debieras alegrarte de verte entre nosotros. Eres mozo y pareces dócil, con que presto te perderías en el mundo, donde hallarías libertinos que te meterían en todo género de disoluciones, cuando aquí está tan segura tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda—dijo el viejo negro con una voz muy grave—; y se puede añadir a lo que ha dicho que en el mundo no se encuentran mas que trabajos. Da muchas gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para siempre te ha librado de los peligros, disgustos y aflicciones de la vida.»

Sufrí con paciencia estos discursos, porque de nada me serviría el inquietarme. En fin, Domingo, después de haber comido y bebido bien, se fué a su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me condujo a una covacha que servía de cementerio a los ladrones que morían de muerte natural, donde vi un lecho que más parecía tumba que cama. «Este es tu cuarto—me dijo la vieja, pasándome la mano por la cara—. El mozo cuya plaza tienes el honor de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella; él se dejó morir en la flor de su edad: no seas tú tan simple que imites su ejemplo.» Diciendo esto, entregóme la linterna y volvióse a su cocina. Puse la luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable lecho, no tanto para reposar cuanto para entregarme a mis tristes reflexiones. «¡Oh cielos!—exclamé—. ¿Habrá situación más infeliz que la mía? ¡Quieren que renuncie para siempre el consuelo de ver la cara del sol; y como si no bastara hallarme enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad, me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar el día entre malvados y la noche con los muertos!» Estos pensamientos, que me parecían muy dolorosos, y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente y sin consuelo. Maldecía mil veces la gana que le había dado a mi tío de enviarme a Salamanca. Arrepentíame de haber tenido tanto miedo a la justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido el tormento antes que verme donde me hallaba. Pero considerando que me consumía inútilmente en vanos lamentos, comencé a discurrir en los medios de librarme. «Pues qué—me decía yo a mí mismo—, ¿será por ventura imposible encontrar modo de escaparme de aquí? Los ladrones duermen profundamente, la cocinera y el negro harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de esta linterna, hallar el camino por donde bajé a este calabozo infernal? A la verdad, no sé si tendré bastante fuerza para levantar la trampa que cubre la entrada; pero probaremos; no quiero omitir nada de cuanto pueda hacer. La desesperación me prestará fuerzas, y puede ser que me salga con ello.»