Tomada esta gran resolución, me levanté cuando me pareció que Leonarda y Domingo podían estar ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi covacha y me encomendé a todos los santos del cielo. No dejó de costarme alguna dificultad el acertar con las vueltas y revueltas de aquel laberinto. Llegué en fin, a la puerta de la caballeriza, y me hallé en el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome a la trampa con cierta alegría mezclada de temor; mas, ¡ay!, en medio del camino me encontré con una maldita reja de hierro bien cerrada y cuyas barras estaban tan juntas que apenas podía pasar la mano por entre ellas. Vime cortado y perdido con aquel nuevo impedimento, que al entrar no había advertido por estar abierta la reja. Con todo, no dejé de probar si podía abrir el candado. Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude por forzarla, cuando de repente me aplicaron en las espaldas cinco o seis fuertes latigazos con un buen vergajo de buey. Di un grito, que resonó en toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito negro, en camisa, con una linterna sorda en una mano y con el azote en la otra. «¡Hola, bribonzuelo!—me dijo—. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito, no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría abierta la reja? Pues sábete que siempre la encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno, le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse ha de ser más ladino que tú.»

Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron tres ladrones, los cuales se levantaron y vistieron a toda prisa, creyendo que la Santa Hermandad venía a echarse sobre ellos. Llamaron a los demás, que en un instante se pusieron en pie. Toman las espadas y carabinas, y medio desnudos acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego que se informaron o entendieron el origen del rumor que habían oído, su inquietud se convirtió en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil Blas?—me dijo el ladrón apóstata—. ¿No ha más que seis horas que estás con nosotros y ya querías apostatar? ¡Bien se conoce tu aversión al silencio y al retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a la cama, que por esta vez bastan por castigo los vergajazos con que te regaló Domingo; pero si otra vez vuelves a intentar escaparte, por San Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo esto, se retiró. Los demás ladrones se volvieron a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de su hazaña, se recogió a su caballeriza, y yo me volví a zambullir en mi cementerio, pasando lo restante de la noche en suspirar y llorar.


[CAPÍTULO VII]

De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra cosa.

Los primeros días pensé morirme, rindiendo la vida a la melancolía que me consumía; pero al fin mi genio me inspiró que sufriese y disimulase. Esforcéme a mostrarme menos triste. Comencé a cantar y a reír, aunque sin gana. En una palabra, supe disfrazarme tan bien que Leonarda y Domingo cayeron en la red y creyeron buenamente que ya el pájaro se había acostumbrado a la jaula. Lo mismo juzgaron los ladrones. Manifestábame muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando en cuando los divertía también con alguna chocarrería o bufonada. Esta libertad que me tomaba les daba mucho gusto en vez de enfadarlos. «Gil Blas—me dijo el capitán en cierta ocasión en que yo hacía el gracioso—, has hecho bien en desterrar la melancolía. Me gusta mucho tu espíritu y tu buen humor. No se conoce a la gente al principio; yo no te tenía por tan agudo y tan jovial.»

También los demás me honraron con mil alabanzas, exhortándome a estar siempre de buen humor. Parecióme que todos estaban muy contentos conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión, «Señores—les dije—, permítanme ustedes que les descubra mi pecho. Desde que estoy en su compañía no me conozco a mí mismo; paréceme que no soy el que era. Ustedes han desvanecido las preocupaciones de mi educación. Insensiblemente se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto a su honrada profesión. Me muero por merecer el honor de ser uno de sus compañeros y de tener parte en los peligros de sus gloriosas proezas.» Todos aplaudieron este discurso y alabaron mi buena voluntad; pero unánimemente convinieron en que me dejarían servir por algún tiempo para probar mi vocación, y que después correría mis caravanas, y al cabo se me conferiría la honorífica plaza a que aspiraba.

Hube de conformarme por fuerza y continuar en vencerme y en ejercer mi oficio de copero. A la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía ser ladrón por tener libertad de salir con los demás, esperando que en alguna de sus correrías se me presentaría ocasión de escaparme de ellos. Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo. Sin embargo, el tiempo de la aprobación me parecía largo, y más de una vez intenté sorprender la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre estaba muy alerta; tanto, que no bastarían cien Orfeos para encantar a aquel Cerbero. Es verdad que por no hacerme sospechoso no emprendía todo lo que podía hacer para engañarle. Veíame precisado a vivir con la mayor cautela, porque el negro era ladino y observaba mucho todos mis pasos, palabras y movimientos. Así, pues, apelé a la paciencia, remitiéndome al tiempo que los ladrones me habían prescrito para recibirme en su congregación, día que esperaba con tanta ansia como si hubiera de entrar en una compañía de honrados comerciantes.

En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses este dichoso día. El señor Rolando dijo a sus camaradas: «Caballeros, es preciso cumplir la palabra que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece bien este muchacho y espero que tendremos en él un hombre de provecho. Soy de sentir que mañana le llevemos con nosotros, para que dé principio a coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos le hemos de poner en el que guía a la gloria.»

Todos se conformaron con el parecer de su capitán, y para hacerme ver que ya me miraban como a uno de ellos, desde aquel momento me dispensaron de servirlos. Restituyeron a la señora Leonarda en el empleo que antes tenía, y de que la habían exonerado para honrarme a mí con él. Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima, que consistía en una simple jaquetilla muy usada, y me acomodaron todos los despojos de un caballero que acababan de robar, después de lo cual me dispuse a hacer mi primera campaña.