Más de tres horas hacía que le estaba esperando, cuando al cabo pareció. Al principio no le conocí, porque había mudado de traje; traía el pelo trenzado y unos bigotes postizos que le tapaban la mitad de la cara; del cinto le colgaba una espada larga, cuya cazoleta tenía por lo menos tres pies de circunferencia, y marchaba al frente de cinco hombres, todos con aire tan resuelto y determinado como él, llevando igualmente sus grandes bigotes y espadas largas. «¡Servidor, señor Gil Blas!—me dijo acercándose a mí con resolución y despejo—. Aquí tiene usted un alguacil de nuevo cuño, y en esta honrada gente que me acompaña unos corchetes del mismo temple. Sólo queda a cargo de usted el guiarnos a casa de la mujer que le robó el diamante, y le empeño mi palabra de que le recobrará.» Abracé a Fabricio luego que le oí estas palabras, conociendo por ellas la estratagema que había inventado para favorecerme, aprobando mucho semejante arbitrio. Saludé también a los fingidos ministriles, los cuales eran tres criados y dos mancebos de barbero, todos amigos suyos, a quienes había metido en que hiciesen aquel papel. Mandé trajesen vino para que refrescase la ronda, y a la entrada de la noche nos encaminamos a casa de Camila. Llamamos a la puerta, que ya encontramos cerrada. Vino a abrirla la vieja; y creyendo que eran ministros de justicia los que venían conmigo y que no iban a su casa sin algún mal fin, se llenó la pobre de miedo. «No se turbe, madre—le dijo Fabricio—, que no venimos por mal, sino a un negocio de poca importancia que presto se evacuará.» Diciendo esto, nos fuimos introduciendo hasta el cuarto de la enferma, guiándonos la vieja, que iba delante alumbrando con una vela en un candelero de plata. Tomé el candelero, y acercándome a la cama de Camila, aplicando la luz a mi cara para que me viese mejor, «¡Infame!—le dije—. ¿Conoces ahora a aquel crédulo de Gil Blas a quien tan villanamente engañaste? ¡En fin, ya te encontré, bribonaza! El corregidor dió oídos a mi querella y orden a estos señores de arrestarte y encerrarte en un calabozo. ¡Ea, pues, señor alguacil—dije a Fabricio—, cumpla con lo que le han mandado y haga lo que le toca!» «¡No necesito—respondió con voz bronca y desabrida—que ninguno me acuerde mi obligación! ¡Ya tengo noticia de esta buena alhaja, pues tiempo ha que está escrita y registrada en mi libro de memoria! ¡Levántese, reina mía, y vístase pronto, que yo tendré la fortuna de irla sirviendo de escudero, si lo lleva a bien, hasta la cárcel pública de esta ciudad!»
Al oír esto Camila, aunque parecía tan postrada, advirtiendo que dos ministriles se disponían a sacarla por fuerza de la cama, se sentó en ella, y juntas las manos, en tono suplicante, mirándome con ojos en que se veía pintado el desconsuelo y el terror, «¡Señor Gil Blas—me dijo—, apiádese usted de mí! ¡Esto se lo pido por aquella su casta madre, que le dió a luz después de haberle tenido nueve meses en sus maternales entrañas! Aunque confieso mi culpa, todavía fuí más desgraciada que delincuente. ¡Voy a restituirle su diamante, y por amor de Dios no me pierda!» Diciendo esto se sacó la sortija y me la puso en la mano. Pero yo le respondí que no me contentaba con sólo el diamante, sino que también quería se me restituyesen los mil ducados que se me habían robado en la posada. ¡Señor—replicó ella—, los mil ducados no me los pida usted a mí; pídaselos al traidor de don Rafael, a quien no he visto desde entonces acá, que aquella misma noche se los llevó.» «¡Ah buena maula!—interrumpió Fabricio—. Pues qué, ¿no hay más que decir que no tuviste arte ni parte en ello para darte por legítimamente disculpada? Basta que hayas sido cómplice del don Rafael para que se te pida estrecha cuenta de toda tu vida pasada. ¡Sin duda que tendrás archivadas en la conciencia bellas cosas! ¡Ven, ven a la cárcel, donde harás una buena confesión general! También quiero llevar en tu compañía a esta buena vieja, a quien juzgo impuesta en una infinidad de lances curiosos, que al señor corregidor no le pesará saber.»
Al oír esto las dos mujeres, no omitieron medio alguno para movernos a piedad. Alborotaron la casa a gritos, llantos y lamentos. Mientras la vieja, puesta de hinojos, ya delante del alguacil, ya delante de los ministriles, procuraba excitar su compasión, Camila, del modo más tierno y patético del mundo, me suplicaba y conjuraba la librase de manos de la justicia. Era éste un espectáculo digno de verse. Fingí ablandarme y dije al hijo de Núñez: «Señor alguacil, puesto que ya he recobrado mi diamante, se me da poco de lo demás. No deseo se aflija a esta pobre mujer, porque no quiero la muerte del pecador.» «¡Bueno por cierto!—me respondió—. ¡Usted es muy compasivo y no valía un pepino para alguacil! Yo no puedo menos de cumplir con mi obligación, y el señor corregidor expresamente me mandó prendiese a estas princesas, porque quiere su señoría hacer con ellas un ejemplar que sirva de escarmiento.» «Hágame usted el favor—le repliqué—de hacer por mí alguna cosa y suavizar un tantico el rigor de la orden en favor del regalo que estas damas le quieren hacer en corta demostración de su agradecimiento.» «¡Oh señor doctor!—repuso Fabricio—. ¡Ese es otro cantar! ¡No puedo resistir a esa figura retórica usada tan a tiempo! ¡Ea, pues; veamos lo que me quieren regalar!» «Daréle a usted—dijo Camila—un collar de perlas y unos pendientes de piedras que valen buen dinero.» «¡Sí—respondió Fabricio taimadamente—, con tal que no sean de las que te envió tu tío el gobernador de Filipinas, porque esas no las quiero!» «Os aseguro que son finas», dijo Camila. Y al mismo tiempo mandó a la vieja trajese una cajita donde estaban el collar y los pendientes, que ella misma puso en manos del señor alguacil; y aunque era tan diestro lapidario como yo, no dejó de conocer, sin quedarle ninguna duda, que eran finas así las piedras de los pendientes como las perlas del collar. «Estas alhajas—dijo después de haberlas mirado atentamente—me parecen de buena ley; y si se añade a ellas el candelero de plata que el señor Gil Blas tiene en la mano, no respondo ya de mi obediencia al señor corregidor.» «No creo—dije entonces a Camila—que por semejante friolera quiera usted deshacer un convenio que le tiene tanta cuenta.» Diciendo y haciendo, quité la vela del candelero, se la entregué a la vieja y alargué éste a Fabricio, que, contentándose con ello, quizá porque no vió en la sala ninguna otra cosa de precio que se pudiese llevar fácilmente, dijo a las dos mujeres: «¡Adiós, reinas mías! Y pierdan cuidado, que voy a hablar al señor corregidor y a dejarlas más puras y más blancas que la misma nieve. Nosotros le sabemos pintar las cosas como queremos, y nunca le hacemos relación que no sea verdadera sino cuando tenemos algún poderoso motivo que nos obligue a desfigurar un poco la verdad.»
[CAPÍTULO V]
Prosigue la aventura de la sortija; deja Gil Blas la Medicina y se ausenta de Valladolid.
Ejecutado tan felizmente el admirable proyecto de Fabricio, salimos de casa de Camila alabándonos de un suceso que había superado nuestras esperanzas, porque sólo habíamos ido a recobrar una sortija y nos llevamos lo demás sin ceremonia ni el menor remordimiento. Lejos de hacer escrúpulos de haber robado a dos mujeres del partido, creíamos haber hecho un acto meritorio. «Señores—dijo Fabricio luego que estuvimos en la calle—, soy de parecer que para coronar esta bella hazaña vayamos a nuestra taberna de lo caro, donde pasaremos alegremente la noche. Mañana venderemos el collar, los pendientes y el candelero, haremos nuestras cuentas y repartiremos el dinero como hermanos. Hecho esto, cada uno se irá a su casa y discurrirá lo que mejor le pareciere para excusarse de haber pasado la noche fuera de ella.» Tuvimos por muy prudente y juicioso el pensamiento del señor alguacil. Volvimos, pues, todos a nuestra taberna, pareciéndoles a unos que fácilmente encontrarían algún buen pretexto para disculpar el haber dormido fuera y no dándoseles a otros un pito que los despidiesen sus amos.
Dióse orden de que se nos dispusiese una buena cena, y nos sentamos a la mesa con tanto apetito como alegría. Durante ella se suscitaron especies muy graciosas, sobre todo Fabricio, que era fecundísimo y hombre de gran talento para mantener siempre viva la conversación y divertir a toda la compañía. Ocurriéronle mil dichos llenos de sal española, que nada debe a la sal ática; pero estando en lo mejor de la diversión y de la risa, turbó nuestra alegría un lance inesperado y sumamente desagradable. Entró en el cuarto donde estábamos un hombre bastante bien plantado, a quien acompañaban otros dos de muy mala catadura. Tras éstos entraron otros tres, y, en fin, de tres en tres fueron entrando hasta doce, todos con espadas, carabinas y bayonetas. Conocimos que eran ministros verdaderos de justicia y fácilmente penetramos su intención. Al principio pensamos en defendernos; pero en un instante nos rodearon y nos contuvieron, así por su mayor número como por el respeto que tuvimos a las armas de fuego. «Señores—nos dijo el comandante con cierto airecillo burlón—, tengo noticia de la ingeniosa invención con que ustedes han recobrado de mano de cierta aventurera no sé qué preciosa sortija. La estratagema fué ingeniosa y excelente; tanto, que merece ser públicamente premiada, recompensa que no se les puede a ustedes negar. La justicia, que tiene destinado a ustedes digno alojamiento en su misma casa, no dejará, ciertamente, de premiar un esfuerzo tan raro de ingenio.» Turbáronse a estas palabras todas las personas a quienes se dirigían y mudamos todos de tono y de semblante, llegándonos la vez de experimentar el mismo terror que habíamos causado en casa de Camila. Sin embargo, Fabricio, aunque pálido y casi muerto, intentó disculparnos. «Señor—dijo trémulo—, nuestra intención fué sin duda buena, y en gracia de ella se nos puede perdonar aquella inocente superchería.» «¡Qué diablos!—replicó el comandante con viveza—. ¿A eso llamas tú superchería inocente? ¿Ignoras por ventura que huele a cáñamo o, cuando menos, a baqueta esa inocente superchería? Fuera de que a ninguno le es lícito hacerse justicia a sí mismo por su propia mano, os llevasteis, además de la sortija, un collar de perlas, un candelero de plata y unos pendientes de diamantes. Lo peor de todo es que para hacer este robo os fingisteis ministros de justicia. ¡Unos hombres miserables suponerse gente honrada para hacer tal villanía y cometer semejante maldad! ¿Os parece ésta una culpa venial que se lava con agua bendita? ¡Seréis muy dichosos si sólo se echa mano de la penca para borrarla y castigarla!» Cuando llegamos a comprender que la cosa era más seria de lo que nosotros habíamos imaginado, nos echamos todos a sus pies y le suplicamos con lágrimas que se apiadase de nosotros y de nuestra inconsiderada juventud; pero todos nuestros clamores fueron inútiles. Despreció con indignación la propuesta que le hicimos de cederle el collar, los pendientes y el candelero. Tampoco quiso admitir la sortija, que verdaderamente era mía, quizá porque se la ofrecía a presencia de tantos testigos. En fin, estuvo inexorable. Hizo desarmar a mis compañeros y nos llevó a todos a la cárcel. En el camino me contó uno de los alguaciles que, habiendo sospechado la vieja que vivía con Camila que no éramos gente de justicia, nos había seguido a lo lejos hasta la taberna, y que, teniendo modo de ocultarse y confirmar sus sospechas, dió prontamente parte de todo a una ronda para vengarse de nosotros.
En la cárcel nos registraron a todos hasta la camisa. Quitáronnos el collar, los pendientes y el candelero, como también a mí aquella sortija de rubíes de las Filipinas, que, por desgracia, había metido en un bolsillo, sin dejarme siquiera los pocos reales que aquel día me habían valido mis recetas, por donde conocí que los ministriles de Valladolid sabían tan bien su oficio como los de Astorga y que toda aquella gentecilla tenía unos mismísimos modales. Mientras nos despojaban de dichas alhajas y de lo demás que encontraron, el cabo de ronda refería nuestra aventura a los ejecutores del expolio. Parecióles el negocio de tanta gravedad, que algunos nos pronosticaban iríamos a la horca sin remedio, y otros, menos severos, decían que la cosa se podría componer con doscientos azotes y algunos años de servicio en las galeras. Mientras resolvía sobre esto el corregidor, nos encerraron en un obscuro calabozo, donde dormimos sobre paja extendida ni más ni menos que se extiende para que duerman los caballos. Hubiera quizá durado esto largo tiempo y no habríamos salido de allí sino para ir a galeras si al siguiente día, habiendo oído el señor Manuel Ordóñez lo que había sucedido, no hubiese tomado a su cargo hacer todo lo posible por sacar a Fabricio de la cárcel, lo que no podía ser sin que a todos nos diesen libertad. Era un hombre que estaba muy bienquisto en todo Valladolid, e hizo tantos empeños y revolvió tanto que al cabo de tres días nos vimos todos libres, bien que no salimos de la prisión como habíamos entrado. El collar, los pendientes, y hasta mi pobre rubí, todo se quedó allá. Esto me trajo a la memoria aquello de Virgilio: Sic vos non vobis, etc.
Luego que nos vimos fuera de la cárcel, nos fuimos todos a buscar a nuestros amos. Recibióme muy bien el doctor Sangredo y me dijo: «Mi Gil Blas, no supe tu desgracia hasta esta mañana, y estaba pensando en empeñarme fuertemente por ti. Es menester, amigo, no desconsolarse ni acobardarse por este accidente; antes bien, ahora más que nunca te has de aplicar a la Medicina.» Respondíle que éste era mi ánimo; y, con efecto, me apliqué enteramente a ella. Lejos de faltarme que trabajar, nunca hubo más enfermos, como lo había pronosticado mi amo. Acometieron fiebres epidémicas en la ciudad y arrabales. Teníamos que visitar cada uno todos los días ocho o diez enfermos, por lo que se deja conocer que se bebería mucha agua y que se derramaría gran porción de sangre. Mas yo no sé cómo era esto: todos se nos morían, o porque nosotros los curábamos mal—lo cual claro está que no podía ser—o porque eran incurables las enfermedades. A raro enfermo hacíamos tercera visita, porque a la segunda nos venían a decir que ya le habían enterrado o, a lo menos, que estaba agonizando. Como todavía era yo un médico nuevo, poco acostumbrado a los homicidios, me afligía mucho de los sucesos funestos que me podían imputar. «Señor—dije un día al doctor Sangredo—, protesto al cielo y a la tierra que observo exactamente el método de usted; pero con todo, mis enfermos se van al otro mundo. Parece que ellos mismos adredemente se quieren morir, no más que por tener el gusto de desacreditar nuestros remedios. Hoy mismo encontré dos que llevaban a enterrar.» «Hijo mío—me respondió—, poco más poco menos, lo propio me sucede a mí. Pocas veces logro la satisfacción de que sanen los enfermos que caen en mis manos; y si no estuviera tan seguro de los principios que sigo, creería que mis medicamentos eran enteramente contrarios a las enfermedades.» «Señor—le repliqué—, si usted quisiera creerme, sería yo de sentir que mudásemos de método. Probemos, por curiosidad, el usar en nuestras recetas de preparaciones químicas; ensayemos el quermes; lo peor que podrá suceder será lo mismo que experimentamos con nuestra agua y con nuestras sangrías.» «De buena gana—me respondió—haría yo esa prueba si no fuera por un inconveniente. Acabo de publicar un libro en que ensalzo hasta las nubes el frecuente uso de la sangría y del agua. ¿Y ahora quieres tú que yo mismo desacredite mi obra?» «¡Oh!—repuse yo—. Siendo así, no es razón conceder ese triunfo a sus enemigos. Dirían que usted se había desengañado y le quitarían el crédito. ¡Perezca antes el pueblo, nobleza y clero, y llevemos nosotros adelante nuestro tema! Al cabo, nuestros compañeros, a pesar de lo mal que están con la lanceta, no veo que hagan más milagros que nosotros, y creo que sus drogas valen tanto como nuestros específicos.»