Fuimos, pues, continuando con nuestro método favorito, y en pocas semanas dejamos más viudas y huérfanos que el famoso sitio de Troya. Parecía que había entrado la peste en Valladolid: tantos eran los entierros que se veían. Todos los días se presentaba en nuestra casa un padre que nos pedía un hijo a quien habíamos echado a la sepultura o un tío que se quejaba de que hubiésemos muerto a su sobrino; pero nunca veíamos a ningún sobrino o hijo que viniese a darnos las gracias porque con nuestros remedios habíamos dado la salud a su padre o a su tío. Por lo que toca a los maridos, también eran prudentes, pues ninguno vino a lamentarse de nosotros porque hubiese perdido a su mujer. Con todo eso, algunas personas verdaderamente afligidas venían tal vez a desahogar con nosotros su pena. Tratábannos de ignorantes, de asesinos, de verdugos, sin perdonar los términos y voces más descompuestas, más rústicas y más ignominiosas. Irritábanme sus epítetos groseros; pero mi maestro, que estaba muy acostumbrado a ellos, los oía con la mayor frescura y serenidad de ánimo. Acaso me hubiera yo también hecho con el tiempo a oírlos con igual serenidad si el Cielo, quizá por librar de este azote más a los enfermos de Valladolid, no hubiera suscitado un accidente que desterró en mí la inclinación a la Medicina, que ejercía con tan infeliz éxito, y el cual describiré fielmente, aunque el lector se ría a mi costa.

Había cerca de mi casa un juego de pelota, adonde concurría diariamente toda la gente ociosa del pueblo, entre ella uno de aquellos valentones y perdonavidas de profesión que se erigen en maestros y deciden definitivamente todas las dudas que ocurren en semejantes parajes. Era vizcaíno y hacía que le llamasen don Rodrigo de Mondragón. Parecía como de treinta años, hombre de estatura ordinaria, seco y nervudo. Sus ojos eran pequeños y centelleantes, que parecía daban vueltas en las órbitas y que amenazaban a todos los que le miraban; una nariz muy chata le caía sobre unos bigotes retorcidos, que en forma de media luna le subían hasta las sienes. Su voz era tan áspera y desabrida que bastaba oírla para cobrar terror. Este guapo se levantó con el mando del juego de pelota. Resolvía soberana y decisivamente todas las disputas que ocurrían entre los jugadores. No admitía más apelación de sus sentencias que la espada o la pistola; el que no se conformaba con ellas, tenía seguro al día siguiente un desafío. Este señor don Rodrigo, tal cual le acabo de pintar, y sin que el don que siempre iba delante de su nombre le quitase el ser plebeyo, hizo una tierna impresión en el corazón de la dueña del juego. Tenía ésta cuarenta años; era rica, bastante bien parecida, y había quince meses que estaba viuda. No sé qué diablos la pudo enamorar de aquel hombre. Seguramente que no se enamoró de él por su hermosura. Sería sin duda por aquel no sé qué de que todos hablan y ninguno sabe explicar. Como quiera que sea, el hecho es que ella se enamoró de aquella rara figura y determinó darle su mano. Cuando estaba ya para concluirse el tratado, cayó gravemente enferma y, por su desgracia, me tocó a mí el ser su médico. Aunque su enfermedad no hubiera sido de suyo tan maligna, bastarían mis remedios para hacerla peligrosa. Al cabo de cuatro días llené de luto el juego de pelota, porque envié a la dueña del juego a donde enviaba a mis enfermos, y sus parientes se apoderaron de cuanto dejó. Don Rodrigo, desesperado de haber perdido su novia, o, por mejor decir, la esperanza de un matrimonio tan ventajoso, no satisfecho con vomitar fuego y llamas contra mí, juró que me atravesaría de parte a parte con la espada la primera vez que me viese. Dióme noticia de este juramento un vecino mío caritativo y me aconsejó no saliese de casa para no encontrarme con aquel diablo de hombre. Este aviso, que me pareció no era de despreciar, me llenó de miedo y turbación. Continuamente me imaginaba que veía entrar en casa al furioso vizcaíno, y este pensamiento no me dejaba sosegar. Obligóme, en fin, a dejar la Medicina y a buscar modo de librarme de semejante sobresalto. Volví a coger mi vestido bordado, despedíme de mi amo, que por más que hizo no me pudo contener, y al amanecer del día siguiente salí de la ciudad, temiendo siempre encontrar a don Rodrigo de Mondragón en el camino.


[CAPÍTULO VI]

A dónde se encaminó Gil Blas después que salió de Valladolid y qué especie de hombre se incorporó con él.

Caminaba muy aprisa, y de cuando en cuando volvía a mirar atrás por ver si me seguía el formidable vizcaíno. Teníale tan presente en la imaginación, que cada bulto y cada árbol me parecían que era él, y continuamente me estaba dando saltos el corazón; pero después que anduve una buena legua me sosegué y proseguí mi viaje con mayor quietud, dirigiéndome a Madrid, adonde había hecho ánimo de ir. No sentí dejar a Valladolid, y sólo, sí, el haberme separado de Fabricio, mi amado Pílades, sin haber podido despedirme de él. No me pesaba el haber abandonado la Medicina; antes bien, pedía perdón a Dios de haberla ejercido. Con todo, no dejé de contar el dinero que llevaba, aunque era el salario de mis homicidios y de mis asesinatos, semejante a las mujeres públicas, que después de arrepentidas de su mala vida no por eso dejan de contar con gusto el dinero que les ha valido. Halléme con unos cinco ducados, lo que me pareció bastante para llegar a Madrid, donde creía hacer fortuna. Además, tenía gran gana de ver aquella corte, que me habían pintado como el compendio de todas las maravillas del mundo.

Mientras iba pensando en lo que había oído decir de ella y recreándome anticipadamente en las diversiones y gustos que me imaginaba había de gozar, oí la voz de un hombre que venía cantando tras de mí a gaznate tendido. Traía a cuestas una maleta, en la mano una guitarra y al lado una larguísima espada. Caminaba con tanto brío que muy presto me alcanzó. Era uno de aquellos dos aprendices de barbero que habían estado presos conmigo por la aventura de la sortija. Desde luego nos conocimos los dos, y aunque uno y otro estábamos en tan diferente traje, quedamos igualmente admirados de vernos juntos en aquel sitio. Contéle brevemente la causa de haber dejado a Valladolid y él me correspondió diciéndome que había tenido una pelotera con su maestro, de cuya resulta uno y otro se habían despedido para siempre. «Si hubiera querido mantenerme aún en Valladolid—añadió—, habría encontrado diez tiendas por una, porque, sin vanidad, me atreveré a decir que acaso no se encontrará en toda España quien sepa rasurar mejor a pelo y contrapelo ni levantar mejor unos bigotes; pero no pude resistir a la vehemente gana de volver a ver mi patria, de la que ha diez años que falto. Quiero respirar algún tiempo el aire nativo y saber cómo están mis parientes. Pasado mañana espero verme entre ellos, porque residen en Olmedo, villa muy conocida, más allá de Segovia.»

Me determiné a ir en compañía del barbero hasta su lugar y desde allí pasar a Segovia, con esperanza de encontrar alguna mayor comodidad para llegar a Madrid. Comenzamos a hablar de cosas indiferentes para divertir la molestia del camino. Era el mozuelo de buen humor y de muy grata conversación. Al cabo de una hora me preguntó si tenía apetito. «En llegando al mesón lo veremos», le respondí. «¿Pero no se puede tomar antes alguna parva?—me replicó—. Yo traigo en la alforja algo que almorzar; cuando camino, siempre tengo cuidado de llevar para la bucólica, y no gusto de cargar con vestidos, ropa blanca ni otros trapos inútiles, metiendo sólo en la alforja municiones de boca, mis navajas y un poco de jabón, y colgando la bacía del cinto.» Alabé su previsión y convine en que tomásemos el refrigerio que me proponía. Desviámonos un poco del camino para sentarnos en un prado, donde sacó su provisión el barberillo, que todo consistía en media docena de cebollas, algunos mendrugos de pan y unos bocados de queso; pero lo que presentó como lo mejor y más precioso de la alforja fué una bota llena de vino, que aseguró ser muy exquisito y sabroso. Aunque los manjares no eran los más delicados, como a los dos nos apretaba el hambre, nos supieron muy bien y no los desairamos. Vaciamos también toda la bota, que hacía dos azumbres, de un vino que a mi parecer no merecía que el barberillo lo hubiese alabado tanto. Concluída nuestra frugal refacción, nos volvimos a poner en camino y a continuar nuestro viaje con más vigor y con mayor alegría. El barberillo, a quien Fabricio había dicho que mi vida estaba llena de aventuras muy singulares, me suplicó se las contase, para poder decir que las había oído de mi propia boca. Pareciéndome que nada podía negar a un hombre que acababa de regalarme con tan espléndido almuerzo, le di el gusto que deseaba, y, en correspondencia, le dije era menester me refiriese también él su vida. «Por lo que toca a mi historia—contestó—, no merece, cierto, ser contada, porque toda ella se reduce a hechos sencillos; pero, sin embargo—añadió—, ya que no tenemos cosa mejor en qué entretenernos, se la referiré a usted tal cual ella ha sido.» Y diciendo y haciendo, comenzó a contarla, poco más o menos en los términos siguientes.