»Figúrate ahora, Diego—continuó Marcelina—, si habré agradecido a la dueña el habérseme descubierto con tanta franqueza, cuando la creía de una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de las mujeres! Melancia se granjeó desde luego mi afecto por este carácter de sinceridad y la abracé con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación cuánto me alegraba de tenerla por aya. Haciéndola en seguida enteramente confidenta de mis sentimientos, le pedí que me proporcionase cuanto antes una conversación a solas contigo, lo que efectivamente cumplió, valiéndose esta mañana de la vieja que te habló y que es una mensajera que le sirvió muchas veces para la mujer del boticario. Pero lo que hay de más gracioso en esta aventura—añadió Marcelina riéndose—es que Melancia, por la relación que le hice de la costumbre que tiene mi esposo de pasar la noche sosegadamente, se acostó junto a él y ocupa mi lugar en este momento.» «Lo siento mucho, señora—dije entonces a Marcelina—, y de ningún modo apruebo vuestra invención. Vuestro marido puede muy bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh, eso no!—replicó ella con precipitación—. No tengas el menor cuidado por eso y no hagas que un vano temor acibare el placer que debes tener en hallarte con una mujer que te quiere.»
»La esposa del doctor, observando que este discurso no desvanecía mis temores, no omitió nada de cuanto creyó a propósito para serenarme, y por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde este momento ya no pensé mas que en aprovecharme de la ocasión; pero al tiempo en que Cupido, acompañado de las risas y de los juegos, se disponía a labrar mi felicidad, oímos dar unas fuertes aldabadas a la puerta de la calle. Al instante, el Amor y su comitiva volaron a manera de unos pajarillos tímidos, espantados repentinamente por un gran ruido. Marcelina me ocultó debajo de una mesa que había en la sala, apagó la luz, y como lo había concertado con su aya, en caso que este contratiempo sucediese, se fué a la puerta de la alcoba en que dormía su marido. Entre tanto, los golpes que atronaban la casa continuaban con tanta repetición que, despertando el doctor, se sentó en la cama, dando voces a Melancia. Arrojóse ésta de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer, le decía que no se levantase; reunióse con su ama que, sintiéndola a su lado, la llamaba a gritos, para que fuese a ver quién estaba a la puerta. «Ya estoy aquí, señora—le respondió el aya—; volveos a la cama si queréis, que yo voy a ver lo que es.» Durante esto tiempo, habiéndose desnudado Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo la menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad que esta escena acababa de representarse en la obscuridad por dos actrices, de las cuales una era incomparable y la otra tenía mucha disposición para serlo.
»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir y con una luz en la mano, diciendo a su amo: «Señor doctor, tenga usted la bondad de levantarse aprisa, porque el librero Fernández Buendía, vecino nuestro, le acometió una apoplejía, y os llaman de su parte para que voléis a su socorro.» El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo, partió a casa del enfermo, y su mujer, en bata de noche, vino con el aya a la sala en donde yo estaba y me sacaron de debajo de la mesa más muerto que vivo. «Nada tienes que temer, Diego—me dijo Marcelina—, serénate.» Al mismo tiempo, diciéndome en dos palabras de qué modo se había arreglado la cosa, quiso en seguida volver a tomar el hilo de la conversación que tenía conmigo y había sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya. «Señora—le dijo—, vuestro marido acaso puede hallar muerto al librero y volverse inmediatamente; además de que—añadió, viéndome traspasado de miedo—¿qué haríais con ese pobre mozo, no hallándose en estado de continuar la conversación? Más vale ponerle en la calle y dejar el negocio para mañana.» Doña Marcelina convino en ello, aunque a pesar suyo: tan amiga era de lo presente; y creo que sintió bastante no haber podido hacer poner al doctor el nuevo bonete que le tenía destinado.
»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado los más preciosos favores del amor que gozoso de verme libre del peligro, me fuí a casa del maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar sobre mi aventura. Estuve algún tiempo indeciso si acudiría a la cita de la noche siguiente, porque no formaba juicio de salir más bien librado en esta segunda calaverada que en la primera; pero el diablo, que siempre nos cerca, o, por mejor decir, se apodera de nosotros en semejantes lances, me hizo creer que pasaría por un mentecato si me quedaba a la mitad de un camino tan bueno; y aun representó a mi imaginación a Marcelina con nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres que me esperaban. Resolví, pues, continuar mi entremés, y muy resuelto a tener más firmeza, con tan bellas disposiciones, me fuí al día siguiente a la puerta del doctor entre once y doce de la noche y en medio de una obscuridad tan grande que no se veía brillar ni una sola estrella en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar que estaba en la calle. Pero como nadie bajaba a abrirme, no me contentó con empezar de nuevo, sino que que puse a remedar todos los diferentes gritos del gato, que un pastor de Olmedo me había enseñado; y lo hice tan al natural, que un vecino que volvía a su casa, teniéndome por uno de estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un guijarro que tropezó con los pies y me lo arrojó con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito sea el gato!» Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé aturdido por el pronto, y me faltó poco para que cayese a tierra atolondrado. Esto bastó para que diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor juntamente con la sangre, me volví a casa, donde desperté e hice levantar a todos. El maestro reconoció la herida, que le pareció peligrosa; pero no tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres semanas. En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina. Es natural que Melancia, para desprenderla de mí, le buscase algún otro conocimiento, de lo que no me informé porque nada me importaba, pues salí de Madrid para andar la España luego que me vi perfectamente curado.»
[CAPÍTULO VIII]
Encuentro de Gil Blas y su compañero con un hombre que estaba mojando mendrugos de pan en una fuente y conversación que con él tuvieron.
Contóme el amigo Diego de la Fuente otras aventuras que le sucedieron en adelante; pero todas de tan poca importancia que no merecen la pena de referirse. Sin embargo, me vi precisado a oírselas, y en verdad que no fué breve la relación, pues duró hasta que llegamos a Puente de Duero, donde nos detuvimos lo restante de aquel día. Hicimos en el mesón que nos dispusiesen una buena sopa y asasen una liebre, después de cerciorarnos de que era verdaderamente tal. Al amanecer del día siguiente proseguimos nuestro camino, habiendo antes llenado la bota de un vino mediano y metido en las mochilas algunos pedazos de pan, juntamente con la mitad de la liebre, que nos había sobrado de la cena.
Después de haber caminado cerca de dos leguas, nos sentimos con gran gana de almorzar; y habiendo visto como a doscientos pasos del camino un grupo de árboles que hacían sombra deliciosísima, escogimos aquel sitio e hicimos alto en él. Allí encontramos a un hombre como de veintisiete a veintiocho años, que estaba mojando en una fuente algunos zoquetes de pan. Tenía a su lado sobre la hierba una espada larga y una mochila. Pareciónos mal vestido; mas, por otra parte, buen rostro y bien plantado. Saludámosle cortésmente y él nos correspondió con igual cortesanía. Presentónos luego sus mendrugos mojados, y con cierto aire risueño y despejado nos dijo si éramos servidos. Admitimos el convite en el mismo tono, mas con la condición de que había de tener a bien que juntásemos los almuerzos para que fuesen más abundantes. Vino en ello con mucho gusto, y nosotros sacamos nuestras provisiones, lo que ciertamente no lo desagradó. «¡Oh, señores!—exclamó enajenado de alegría—. Verdaderamente que ustedes vienen bien provistos de municiones de boca, y se conoce que son hombres prevenidos y que miran a lo venidero. Yo me fío demasiado en la fortuna. Sin embargo, a pesar del miserable estado en que ustedes me ven, les puedo asegurar que alguna vez hago un papel muy brillante. Sepan ustedes que no pocas me tratan de príncipe y estoy rodeado de guardias.» «Según eso—dijo Diego—, será usted comediante.» «Adivinólo usted—respondió el desconocido—; por lo menos ha quince años que no tengo otro oficio. Siendo niño representaba ya ciertos papeles cortos, esto es, que tuviesen poco que aprender.» «Hablemos francamente—replicó el barbero meneando ladinamente la cabeza—. Tengo dificultad en creerlo, porque conozco bien a los comediantes y sé que estos señores no acostumbran caminar a pie ni hacer almuerzos a lo San Antón; y me temo, me temo que si usted ha hecho algún papel no habrá sido otro que el de encender y apagar las lamparillas.» «Piense usted de mí lo que quisiere—respondió el histrión—, lo cierto es que hago los primeros papeles y comúnmente me hacen representar el de primer galán.» «Siendo así—repuso mi camarada—, doy a usted la enhorabuena, y celebro mucho que el señor Gil Blas y yo hayamos tenido la honra de desayunarnos en compañía de tan gran personaje.»