Comenzamos entonces a roer nuestros rebojos y las preciosas reliquias de la liebre, alternando con tan frecuentes topetadas a la bota que en poco tiempo la dejamos enteramente pez con pez, sin que en todo este tiempo desplegase los labios ninguno de los tres. Al cabo rompió el silencio el barberillo, diciendo al comediante: «Estoy admirado de ver a usted en estado tan lastimoso. No se puede dudar que es mucha pobreza para un héroe de teatro, y perdone usted si le hablo con esta claridad.» «Por cierto—replicó el actor—que se conoce no ha oído usted hablar del famoso comediante Melchor Zapata, porque ha de saber usted que, por la misericordia de Dios, no soy de genio delicado. Me da usted mucho gusto en hablarme con tanta franqueza, porque también gusto yo de hablar con ella. Confieso de buena fe que no soy rico; y si no, miren ustedes esta ropilla.» Diciendo esto, nos mostró el forro de ella, que era todo de los carteles de comedia que se fijan en las esquinas. «Esta es la tela que comúnmente me sirve de forro; y si todavía tienen curiosidad de ver lo que hay en mi guardarropa, contentaré a ustedes. Helo aquí—y al mismo tiempo sacó de la mochila un vestido entero, guarnecido de esterilla vieja de plata falsa, una gorra muy raída, con un penacho de viejísimas plumas, unas medias de seda con más agujeros que un cribo o una salvadera y unos zapatos muy usados de badanilla encarnada—. Ya ven ustedes ahora que soy medianamente infeliz.» «Eso es lo que me admira—le replicó Diego—. Pues qué, ¿no tiene usted mujer ni hija?» «Sí, señor—respondió Zapata—, pero vea usted la desgracia de mi estrella: tengo mujer moza, mas no por eso estoy más adelantado. Caséme con una linda comedianta, esperando que no me dejaría morir de hambre; pero, por mi poca fortuna, di con una mujer de juicio y de un recato incorruptible. ¡Quién diablos no se engañaría como yo! ¡Una mujer virtuosa, que era del número de los cómicos de la legua, me había forzosamente de tocar a mí en suerte!» «Seguramente, es desgracia—dijo el barbero—; pero ¿por qué no se casó usted con alguna bonita comedianta de las compañías de Madrid? ¡Entonces sí que lograría su intento!» «Convengo en ello—respondió el farsante—; pero a un pobre comediante de la legua no le es lícito elevar sus pensamientos a tan encumbradas heroínas. Eso solamente lo podrá hacer alguno de la compañía del corral del Príncipe, y aun en ella se ven muchos precisados a casarse con otras mujeres que no son de la profesión, y, por fortuna suya, Madrid es bueno y se suele encontrar en él algunas que se las pueden apostar a las princesas del teatro.»
«Pero qué—le replicó mi compañero—, ¿nunca pensó usted entrar en alguna de las compañías de la corte? ¿Acaso se necesita un mérito consumado para lograrlo?» «¡Bravo!—respondió Melchor—. ¡Usted se burla con su mérito consumado! Veinte actores hay en cada compañía. Pregunte usted al público lo que siente de ellos y oirá cosas bellísimas. Más de la mitad, por lo menos, merecían ir cargados como yo con la mochila, y, en medio de eso, no es tan fácil como se piensa ser recibido entre ellos, pues se necesita dinero o grandes empeños que suplan por la habilidad. Ninguno puede saberlo mejor que yo, porque ahora mismo acabo de representar en Madrid, y salgo más aturdido de palmadas y silbidos que todos los diablos, sin embargo de que me prometía ser muy aplaudido, porque representaba gritando, manoteando, descoyuntándome y torciendo el cuerpo hacia todas partes, con mil gesticulaciones y posturas cien leguas distantes de todo lo natural, hasta llegar una vez casi a dar en la cara una puñada a mi dama mientras yo estaba declamando. En una palabra, representaba imitando la escuela que el vulgo celebra en los grandes actores; y en medio de eso, lo que aplaudía tanto en otros no lo podía sufrir en mí. ¡Vea usted cuánto puede la preocupación! En vista de ello, no acertando a dar gusto y no teniendo medios para ser admitido en la compañía a pesar de todos los silbidos de la mosquetería, dejé a Madrid, y me vuelvo a mi Zamora, donde están mi mujer y mis compañeros, que no hacen allí gran fortuna. ¡Y quiera Dios no nos veamos precisados a pedir limosna para poder pasar a otra ciudad, como más de una vez nos ha sucedido!»
Diciendo esto, nuestro príncipe dramático se levantó, echóse a cuestas la mochila, ciñóse la espada, y despidiéndose de nosotros, «¡Adiós!—nos dijo con mucha gravedad—. ¡Quieran los dioses inmortales derramar sobre ustedes a manos llenas sus favores!» «¡Y quieran los mismos—le respondió Diego en el propio tono—que halle usted en Zamora a su mujer mudada y mejor establecida!» Luego que el señor Zapata nos volvió la espalda, comenzó a gesticular y a representar caminando, y nosotros le comenzamos a silbar para que no se le olvidasen tan presto los silbidos de Madrid. Con efecto, creyó que todavía le sonaban en los oídos, y volviendo la cara y viendo que nosotros nos divertíamos a su costa, lejos de darse por ofendido, él mismo ayudó a la zumba, y prosiguió su viaje dando grandísimas carcajadas. Correspondímosle por nuestra parte con grande algazara, y cogiendo otra vez el camino real, seguimos nuestra marcha.
[CAPÍTULO IX]
Estado en que encontró Diego a sus parientes, y cómo Gil Blas se separó de él después de haber participado de ciertas diversiones.
Fuimos aquel día a dormir entre Mojados y Valdestillas, a un lugarcillo cuyo nombre se me ha olvidado, y al siguiente, a las once de la mañana, entramos en la llanada de Olmedo. «Señor Gil Blas—me dijo mi camarada—, aquél es el lugar de mi nacimiento. No le puedo volver a ver sin llenarme de júbilo: tan natural es en todos el amar su patria.» «Señor Diego—le respondí—, un hombre como usted, que tanto amor tiene a su tierra, parece debía haber hablado de ella con mayor estimación. Usted me la pintó como si fuera un lugarcillo o una aldea y a mí se me presenta como una ciudad. Era razón que, por lo menos, la tratase usted de villa grande.» «Yo le pido perdón—respondió el barbero—, pero diré que después de haber visto a Madrid, Toledo, Zaragoza y otras principales ciudades de España en la vuelta que he dado por ella, todo me parece aldea.» Conforme íbamos adelantando en la llanura y acercándonos a Olmedo, nos pareció ver junto al pueblo multitud de gente, y cuando nos hallamos a distancia de poder discernir los objetos, tuvimos mucho en qué divertir la vista.
Vimos tres pabellones o tiendas de campaña, poco distante una de otra, y alrededor de ellas muchedumbre de cocineros y ayudantes de cocina que estaban disponiendo una gran comida. Unos ponían unas mesas largas dentro de las tiendas, otros echaban vino en grandes vasijas de barro, éstos atendían a que cociesen las ollas y aquéllos daban vueltas a luengos asadores en que estaban espetadas viandas de todo género. Pero a mí nada me llevó tanto la atención como un espacioso teatro que observé, bastante elevado, que estaba adornado con algunos bastidores de cartón pintado de diferentes colores y lleno de inscripciones griegas y latinas. Luego que el barbero vió tanto griego y tanto latín, dijo: «¡Esto me huele terriblemente a mi tío Tomás! ¡Apuesto algo a que ha andado aquí su mano, porque sabe de memoria una infinidad de libros de aula! Lo que me enfada es que en las conversaciones encaja sin cesar pasajes enteros de los tales libros, cosa que no a todos agrada. Fuera de eso, ha traducido varios poetas griegos y latinos y está instruído en la antigüedad, lo que se conoce por las notas con que los ha enriquecido, como, v. gr., aquello de que en Atenas lloraban los niños cuando los azotaban, cosa que si no fuera por su vasta y selecta erudición nosotros no la sabríamos.»
Después de haber visto mi camarada y yo todas las cosas que acabo de decir, nos dió gana de preguntar por qué y para qué se hacían todas aquellas prevenciones. Al tiempo que nos íbamos a informar, se encontró Diego con un hombre que conoció ser su tío, el señor Tomás de la Fuente, y que al parecer mostraba ser el director de la fiesta. Fuímonos a él apresuradamente; mas este maestro de primeras letras tardó algo en conocer a su sobrino: tanta mudanza había hecho en aquel pobre mozo la ausencia de diez años. Conocido al fin, le abrazó estrechísimamente y le dijo: «¡Oh querido sobrino Diego! ¿Conque al cabo has vuelto a ver a tus dioses penates y el Cielo te ha restituído sano y salvo a tu familia? ¡Oh día tres y cuatro veces beato! Albo dies notanda lapillo! Muchas novedades encontrarás en la parentela. Tu tío Pedro, aquel gran talento, ya es víctima de Plutón: tres meses ha que murió. ¡Hombre avariento, que toda su vida estuvo temiendo le habían de faltar siete pies de tierra para enterrarse! Argenti pallebat amore. Tenía muchas pensiones de los grandes y no gastaba diez doblones al año en comida y vestido. No daba de comer al único criado que le servía. Más insensato que aquel griego Aristipo, el cual, caminando por los desiertos de Libia, hizo a sus esclavos que dejasen en ellos todas las grandes riquezas que llevaban, alegando que aquella carga les incomodaba en la marcha, amontonaba toda la plata y todo el oro que podía haber a las manos. Mas ¿para qué? Para que lo gozasen sus herederos, a quienes no podía sufrir. Dejó a su muerte treinta mil ducados, que se repartieron entre tu padre, tu tío Beltrán y yo. Todos nos hallamos en estado de pasarlo bien. Mi hermano Nicolás colocó ya a su hija Teresa, que acaba de casarse con el hijo de uno de nuestros alcaldes: connubio junxit stabili, propriamque dicavit. Este himeneo, concluído bajo los más felices auspicios, es el que estamos celebrando hace ya dos días con el aparato que ves. Hicimos levantar estas tiendas de campaña en esta llanura. Los tres herederos de Pedro tienen cada uno la suya y, por su turno, costean la fiesta de un día. Habría celebrado mucho que hubieses llegado antes para que gozases de todas. Anteayer, día en que se celebró la boda, corrió tu padre con el gasto, y dió una soberbia comida, y después hubo parejas, y se corrió sortija. Tu tío el mercader tomó de su cuenta el día de ayer y nos divirtió con una bellísima fiesta pastoril. Vistió de pastores a los diez muchachos más lindos y agraciados del lugar y de pastoras a las diez muchachas más pulidas y aseadas que había en todo Olmedo, empleando en engalanarlas las cintas más ricas y los más preciosos dijes que se hallaron en su tienda. Toda aquella lucida juventud armó mil graciosísimas danzas, cantando después otras tantas letrillas muy chuscas, tiernas y amorosas. Y aunque no parecía posible cosa más divertida, con todo eso no dió gran golpe, sin duda porque en Castilla la Vieja hemos perdido el gusto a las diversiones pastoriles. Hoy me toca a mí, y pienso divertir a los vecinos de Olmedo con un espectáculo todo de mi invención: finis coronabit opus. Mandé alzar un teatro, en el cual, con la ayuda de Dios, haré representar por mis discípulos una de mis tragedias, intitulada Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, rey de Marruecos. Se ejecutará con el mayor primor, porque entre los muchachos los hay que declaman como los más célebres comediantes de Madrid. Son todos hijos de honradas familias de Peñafiel y Segovia, y los tengo en mi casa a pupilaje. ¡Excelentes representantes! ¡Verdad es que les he enseñado yo! Su declamación parecerá acuñada en el cuño del maestro: ut ita dicam. En cuanto a la tragedia, no te quiero hablar de ella, puesto que la has de oír, por no privarte del placer de la sorpresa, y sólo diré sencillamente que dejará extáticos a todos los espectadores. Es uno de aquellos asuntos trágicos que ponen toda el alma en conmoción, por las terribles imágenes de la muerte que ofrecen a la fantasía. Yo siempre he sido de la opinión de Aristóteles: que es necesario excitar el terror. ¡Ah, si yo me hubiera dedicado al teatro, nunca saldrían a él sino héroes sanguinarios y príncipes asesinos, y me bañaría siempre en sangre! ¡En mis tragedias se vería morir no sólo a los primeros personajes, sino hasta las mismas guardias! ¿Qué digo hasta las mismas guardias? ¡Haría también degollar al apuntador! En fin, sólo me agrada lo terrible; éste es todo mi gusto. De esta manera, los poemas de esa especie se levantan con el aplauso de la muchedumbre, mantienen el lujo de los comediantes y hacen célebre el nombre de los autores.»
Acababa de pronunciar estas palabras, cuando vimos salir del pueblo y entrar en la llanura un gran gentío de uno y otro sexo. Eran los dos esposos, acompañados de sus amigos y parientes, e iban precedidos de diez a doce tocadores de instrumentos, que tañían todos a un tiempo, haciendo un concierto muy ruidoso. Salióles al encuentro Diego y dióse a conocer. Inmediatamente resonaron por el campo los gritos de alegría con que fué recibido del acompañamiento, corriendo todos a abrazarle y procurando cada uno ser el primero. No tuvo poco que hacer en corresponder a todas las demostraciones de amor y cumplimientos que le hicieron. Sofocábanle a abrazos todos los de la familia y cuantos se hallaban presentes, y luego que se aquietó un poco aquel primer turbión, le dijo su padre: «Seas bien venido, hijo Diego. En verdad que durante tu ausencia han adelantado mucho tus parientes, ¿no es así? Por ahora no te digo más; a su tiempo lo sabrás muy por menor.» Mientras tanto, el gentío se fué adelantando hacia la llanura, llegó a ella, entróse en las tiendas y fuése sentando a las mesas, que ya estaban preparadas. Yo no dejé a mi compañero; sentéme junto a él y entrambos comimos con los dos novios, que me parecieron corresponder bien uno a otro. Duró mucho tiempo la comida, porque el preceptor o maestro tuvo la vanidad de querer que tres veces se cubriese la mesa, por aventajar a sus hermanos, que no habían dispuesto las cosas con tanta magnificencia.