Después del banquete, todos los convidados mostraron grande impaciencia por ver la representación de la obra del señor Tomás, no dudando—decían—que una producción de ingenio tan superior sería dignísima de oírse. Acercámonos, pues, al teatro, donde todos los músicos ocupaban ya el lugar de la orquesta para tocar en los intermedios. Esperaban todos con el mayor silencio a que diese principio a la tragedia. Dejáronse ver los actores en la escena, y el autor, con su obra en la mano, estaba tras las cortinas, en sitio donde pudiese apuntar y ser oído de los que representaban. Con mucha razón nos había prevenido que era trágico su drama, porque en el primer acto el rey de Marruecos mató por vía de diversión cien esclavos a flechazos; en el segundo hizo degollar treinta oficiales portugueses que uno de sus capitanes había hecho prisioneros; finalmente, en el tercero, aquel monarca, cansado de sus mujeres, pegó él mismo por su mano fuego a un palacio aislado donde estaban encerradas y, juntamente con él, las redujo todas a ceniza. Los esclavos moros y los oficiales portugueses estaban representados por unas figuras de mimbre, y el palacio, que era de cartón, se aparentaba abrasado por un fuego artificial. Este incendio, acompañado de lastimosos gritos que parecían salir de en medio de las llamas, dió fin a la tragedia y cerró el teatro de una manera patética y divertida. Resonaron en toda la llanura los vivas y los aplausos con que fué celebrado un drama de tan ingeniosa invención, lo que acreditó el buen gusto del poeta y su singular acierto en la elección y oportunidad de los asuntos.
Creía yo que ya nada había que ver después de Los pasatiempos de Muley-Bugentuf, pero engañéme. Anunciáronnos un nuevo espectáculo los timbales y trompetas. Era éste la distribución de los premios, porque Tomás de la Fuente, para mayor solemnidad de la fiesta, a todos sus discípulos, así pupilos como los que no lo eran, les había hecho trabajar varias composiciones, y en aquel día se habían de repartir los premios a los más sobresalientes, consistiendo aquéllos en ciertos libros que el mismo preceptor, a costa suya, había ido a comprar a Segovia. De repente, pues, se dejaron ver en el teatro dos bancos largos de escuela y un armario o estante lleno de libros pequeños encuadernados con aseo. Entonces todos los actores se presentaron en la escena y formaron un semicírculo delante del señor Tomás, el cual se dejaba ver con tanta gravedad y autoridad como pudiera un prefecto de colegio. Tenía en la mano la lista de los nombres de los que debían ser premiados. Entregósela al rey de Marruecos, quien se puso a leerla en alta voz, llamando uno por uno a los nombrados para recibir el premio. Cada cual iba con respeto a recibir un libro de la mano del pedante, inclinándose profundamente al ir y volver cuando pasaban delante del monarca marroquí. Juntamente con el libro, se los coronaba a todos con una guirnalda de laurel, y después se iban sentando en uno de los dos bancos, para que fuesen vistos, aplaudidos y admirados de todos, pero particularmente de sus madres, amigos y parientes. Por más cuidado que puso el preceptor en que todos quedasen contentos, no lo pudo conseguir, porque, observándose que la mayor parte de los premios habían tocado a los pupilos, como regularmente se acostumbra, las madres de los otros discípulos lo llevaron muy a mal, se alborotaron y acusaron al maestro de parcialidad; y tanto, que una fiesta tan gloriosa y tan alegre hasta aquel punto faltó poco para que se acabase tan desgraciadamente como el banquete de los Lapitas.
LIBRO TERCERO
[CAPÍTULO PRIMERO]
Llegada de Gil Blas a Madrid, y primer amo a quien sirvió allí.
Detúveme algunos días en casa del barbero y juntéme después con un mercader de Segovia que pasó por Olmedo. Había ido a Valladolid con cuatro mulas cargadas con varios géneros y se volvía a su casa con todas ellas de vacío. Hízome montar en una, y tomamos tanta amistad en el camino, que cuando llegamos a Segovia se empeñó en que me hospedase en su casa. Dos días descansé en ella, y cuando me vió resuelto a marchar a Madrid con el arriero, me dió una carta, encargándome mucho que la entregase yo mismo en mano propia, sin decirme que era una carta de recomendación. Hícelo así, poniéndola yo mismo en manos del señor Mateo Meléndez, mercader de paños, que vivía en la puerta del Sol, esquina de la calle del Cofre. Apenas abrió el pliego y leyó su contenido, cuando me dijo con un modo muy agradable: «Señor Gil Blas, mi corresponsal, Pedro Palacios, me recomienda la persona de usted con tan vivas expresiones que no puedo dejar de ofrecerle un cuarto en mi casa. Además de esto me suplica le busque una buena conveniencia, cosa de que me encargo con gusto y con esperanza de que no me será muy difícil colocar a usted ventajosamente.»