CAPITULO X

Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.

«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.

»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo. Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme.

»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido.

»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor en ese corazón de hielo.»

»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí.

»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho. Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando, acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero—me dijo—, ¿no sois vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego vos sois el citado—prosiguió él—para dar esta noche conversación a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas, que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese sacrificio—respondí—se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.» «Pues riñamos—dijo él, atando el caballo a un árbol—, porque es indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar, se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate. Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de Madrid.

»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca, sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados. Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua, que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la brida.