»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz, presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta. Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada, y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona alguna.

»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante, y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía, sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó.

»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama. Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije: «No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.» Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer. No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto, me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme; pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo: «¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!»

En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!—me dijo—. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges. Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante gente en casa que te prenda!» «Señora—le dije—, no me confundáis, os ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad, no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron; de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo. Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una especie de furor. «Señora—exclamé entre lastimado y colérico—, ¿quién ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías! ¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique. Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor de vos, a cualquier riesgo.»

»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado, y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora—repliqué—; pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor—respondió Serafina—, el motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario. Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.»

»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable, admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado. Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía toda la gloria.»

Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo—respondió el anacoreta—, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis consejos con mayor conocimiento.»

«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes—prosiguió el caballerito—, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo. «Envié su carta a mi padre—prosiguió Serafina—, no sin esperanza de que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.»

»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo que me había ocasionado, y, sobre todo—añadió ella misma—, los peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala, donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir.

»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no dudando—dijo—, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach, oficial de la guardia alemana. «Decidme también—replicó la dama—por qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar. Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor.