»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años ha—respondió—que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara, y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora—le pregunté—, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy, señor, a responderos—repuso ella—y corresponder a la confianza a que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido. ¡Ah!—añadió ella suspirando—. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención. «Sí, Serafina—me decía muchas veces—, me alegraría mucho de que estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y el de sus pesares.»

»Concluída esta relación, todo el resto de la conversación que tuvimos Serafina y yo fué acerca del singular carácter de su marido. Interrumpió nuestra conferencia un correo, que llegó en aquel mismo punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Polán. Pidióme licencia para abrirla, y observé que conforme la iba leyendo se iba poniendo pálida y trémula. Luego que la acabó de leer, alzó los ojos al cielo, dió un gran suspiro y empezó a correr por su rostro un torrente de lágrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su pena, me turbé, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que iba a llevar, me cogió un mortal terror que me heló toda la sangre. «Señora—le dije con voz desfallecida—, ¿será lícito saber de vos qué funestas noticias os anuncia esa carta?» «Tomadla, señor—me respondió tristemente—, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. ¡Ay de mí, que su contenido os interesa demasiado!»

»Estremecíme al oír estas palabras; tomé temblando la carta y vi que decía lo siguiente: «Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafío en el Prado. Recibió en él una estocada, de la cual ha muerto hoy, declarando al morir que el caballero que le mató fué el hijo del barón de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el matador escapó, sin saberse dónde se ha escondido; pero aunque lo esté en las entrañas de la Tierra, se harán todas las diligencias posibles para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que no dejarán de arrestarle como ponga los pies en algún lugar de su jurisdicción, y voy también a practicar otros medios oportunos para cerrarle todos los caminos.—El conde de Polán.»

»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora—le dije—, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor—respondió Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción—, yo quería a don Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues qué, señora—le repliqué—, estando en vuestra mano la venganza, ¿la dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas? ¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo! ¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa eso!—interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran causado nueva pena mis últimas palabras—. Aunque fuerais vos el hombre más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien está, señora!—repliqué—. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito, haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis. Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración—replicó la dama—, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a deciros, don Alfonso—añadió derramando algunas lágrimas—, que partáis luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor; cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto, señora—repliqué levantándome—. Voy a alejarme de vos, pero no penséis que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis desdichas.»

»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.»


CAPITULO XI

Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba entre amigos.

Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven, pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras. Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.»

Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa. Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien poblada. «Bien venido, hermano Antonio—le dijo el viejo anacoreta—. ¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!—respondió el hermano barbirrojo—. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de vivir! Mudemos de estilo—prosiguió, dirigiendo la palabra al joven caballero—. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro, y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.»