«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su dinero.

»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas. Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos hablaba la sangre a favor mío.

»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que, unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil la enseñanza que se le daba.

»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que ascenderían éstos.

»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores, hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía, el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi seguimiento.

»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más ricos caballeros de su orden.

»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras. Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años, y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante—me dijo el más joven—, nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?» «Si yo tuviera tanta plata—les respondí—, ¡Dios sabe a dónde iría a dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos—añadí—, yo os acompañaré hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de anochecer.

»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije: «Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario, quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones. ¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las inocentes criaturas.

»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad. Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad. Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo—le dije—, señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.» «Caballero—me respondió—, soy cantor de una iglesia y quiero ejercitar la voz.»

»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo, de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida aquella ciudad—me dijo el cantor—; he estado en ella muchos años y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le interrumpí. «En la calle Nueva—respondió—, donde vivía con don Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos que citaba eran los mismos caballeros de la garra que en Toledo me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor—exclamé entonces—, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!—me respondió sonriéndose—. Eso es decir que entrasteis en la orden tres años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos caballeros—proseguí—porque se me puso en la cabeza el viajar y ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!—dijo el cantor—. Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»