»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya. Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía. Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro, y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales—así se llamaba mi nuevo compañero—no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa, él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta manera llegamos en fin a Mérida.
»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer. Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían acometido.
»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle, y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos hombres para querer asesinarle. «Señores—nos respondió—, estoy muy agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber—le repliqué yo—por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a decir a usted—me respondió—. Tenía yo un hermano, comerciante en esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava, alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina, para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice, porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra; por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre. Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»
»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante. «¿Qué es lo que me dices?—respondió lleno de gozo el aturdido viejo—. ¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí, señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia, dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.» Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»
»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante nuestro enredo. «Y bien—me preguntó—, ¿y por qué no viniste derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón? Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor—respondió Morales, tomando la palabra por mí—, mi amo es algo ceremonioso; tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad este mozo, señor de Miajadas—le interrumpí yo—; ése es el motivo por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito la excusa!—repuso el viejo—. Ese accidente no debió detenerte para servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de ella.»
»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona perfecta. «Aquí tenéis—me dijo—a la persona que os prometió su tío, mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!—exclamé yo entonces en aire de apasionado—. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de mí teniendo a la vista el original!» «Señor—me dijo Florentina—, son demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija—le interrumpió su padre—y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa? Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor—respondió mi camarada—. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras—replicó el anciano sacando un bolsillo y alargándoselo—, ahí van esos cien doblones, de que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!—replicó Morales—. Perdóneme su merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!—dijo el buen hombre—. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas. Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»
»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo agradecido que estaba al servicio que le había hecho.
»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado nuestro temor.
»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero estaba en ella Morales. «Señor—dijo el hombre al buen viejo—, soy criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.