»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados, dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo: «Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado, respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire usted lo que dice!—le replicó el mozo de Calatrava—. ¡Sepa que le engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con ese hueso!—respondió el viejo—. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No conoces este mozo—señalando a Morales—, a cuyo amo robaste en el camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!—repuso Pedro—. ¡A no estar en vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia, cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor—continuó él—, vuelvo a deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio? ¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de su muerte?» «No—replicó el viejo—; el retrato no me hará más fuerza que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos; y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso es ya demasiado!—interrumpió el ultrajado mozo—. ¡No aguantaré jamás que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad; voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado, y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a cuyo fin salió a hacer las diligencias.
»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo. Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije: «¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en grandes cosas.» «¡Y como que lo está!—me respondió; y al mismo tiempo me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin—: Mira ahora si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales—le repliqué—, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si lo consigues—repuso mi camarada—, desde luego declararé que superas a todos los barones ilustres de Plutarco.»
»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo: «Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío. Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor, de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él. Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!—interrumpió precipitadamente el viejo entre colérico y sorprendido—. Pues qué, ¿no sois vos el mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor—le interrumpí yo también—, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer, después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa, pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro. Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla, que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación, me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo, que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis a saber que soy un príncipe italiano que viajo incógnito. Mi padre es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El Cielo no quiere—proseguí, mudando de tono—que yo tenga tanto placer! Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre, cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué duda tiene eso?—exclamó el buen Jerónimo de Miajadas—. ¡Es una cosa muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!» «Con todo eso, señor—repliqué yo—, no quisiera que usted partiese con precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis de mí!—interrumpió Miajadas—. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!—le respondí—. Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa suerte.»
»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales, que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya! ¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que tienes menos experiencia que yo.» «Según eso—le respondí—, ¿ya no tienes miedo?» «¡Cierto que no!—replicó él—. No temo ya al señor Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote, con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.
»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de Florentina. «Señor Miajadas—le dijo el tal mozo—, aquí os traigo a estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.» «Sí por cierto—dijo el alguacil—; y declaro ante quien convenga cómo yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil—dijo entonces el buen Jerónimo Miajadas—, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!—dijo el alguacil—. Yo sólo he venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo—interrumpió Pedro—forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah, ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor queja de vos—respondió el viejo—; antes bien, os confesaré que siento verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que veis aquí. Este señor—prosiguió, señalándome—es el que me salvó de un gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»
»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes, abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales, y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah! ¡Ah!—exclamó sin poderse contener—. ¡He aquí uno de nuestros parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil—dijo Jerónimo Miajadas—, que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!—respondió—. ¡Eso me basta para saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo! ¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!—replicó el viejo—. ¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus príncipes!—repuso el alguacil—. Este mozo, vuelvo a decir, es un tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den presos al rey. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío—me dijo en seguida—; vamos andando!»
»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas, o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor ministro—dijo al alguacil—, vuestras sospechas pueden ser falsas y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía—interrumpió el alguacil—sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella, les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»
»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros. Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.
»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura. Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo, «¡Señores—nos gritó—, aconsejo a ustedes que hagan alto en este lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.