»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!—exclamó el mesonero—. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.
»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto. Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía—respondió Morales—, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano—respondió el caballero—llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!—exclamó mi compañero, no menos alegre que sorprendido—. ¡A fe mía que la aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel Morales.» «Justamente—respondió el otro—, y, por consiguiente, tú eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo: «Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.» Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie, saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos. Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás convidados bebíamos y nos alegrábamos.
»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída, me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca. Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse. Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un buen empleo. Caro amigo—continuó él—, te aconsejo que no desprecies este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»
»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante, cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta, defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.
»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación, unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva, más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino, y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados. Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena. Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla, y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino, persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.
»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?—le pregunté yo—. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho—me respondió—. Los corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva, y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se quedó jugando con su hermano y otros del castillo.
»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros—nos dijo en lengua castellana—, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas, nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas, hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.
»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos. ¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia. Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento; y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo, mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud muchos brindis por irrisión.
»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia. «Oye, mozo—me dijo—, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata—añadió, viendo que yo llevaba una guitarra—; veamos a lo que llega tu habilidad.» Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy llevadera la esclavitud.
»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos, y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo—que así se llamaba nuestro pirata—había muerto peleando con una gruesa embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.