»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria, religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente, fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos. No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al servicio de Solimán.

»Este bajá—porque es necesario que haga su retrato—era un hombre de cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco. Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me miró con ojos favorables.

»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud. El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor para arrostrar todo género de peligros.»

»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita; el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe, y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues, en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome, y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé; de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien—añadió él—, el Cielo te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir al bajá.

»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón, y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»

»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo—me dijo—, tu persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado. Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate, pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues, sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con efecto, señora—le respondí—, correspondería ruinmente a vuestra generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación. En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente. Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo.

»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo, cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita, que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá.

»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos, despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.»

»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir, ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en esta ocasión!

»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly, a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó. No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas, estimadas en dos mil sultaninos de oro, y juntamente un billete, en que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo Argel.