»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin escrúpulo, como lo hacen todos los renegados.
»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva. Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve, estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado animalillo.
»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme, os suplico—le pregunté—, qué es lo que me quiere.» «El mismo os lo dirá—respondió el moro—; todo lo que puedo deciros es que un mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos sultaninos de oro y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación! ¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí—le respondí—, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó muy encargado que os entregase los doscientos sultaninos de oro que hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto, sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!»
»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.
»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven, poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras. Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer a quien miraba. «Sí, señor—me respondió con tierno sentimiento—. ¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien está, hija mía—le dije—. Si para tu consuelo no deseas mas que el estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda. «¡Cielos!—exclamé dentro de mí mismo—. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi casa.
»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora—le dije—, ¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad—dije entonces a mi madre—que en todas vuestras comedias no habéis tenido un encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo—me respondió suspirando—, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre—le respondí sonriéndome—, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo. En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado, soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel proverbio que dice: No hay mal que por bien no venga.» «Hijo mío—me dijo Lucinda—, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en Castilla.» «Sí, señora—le respondí—, espero que le tendréis, pues lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo—repuso mi madre—, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero, señora—repliqué—, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.» «¡Otros tiempos, otras costumbres!—respondió ella—. Si los hombres más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos? Voy a contarte—continuó—la historia de mi vida desde que saliste de Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de la cual no quiero privaros, porque es curiosísima:
«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle, vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa propensión.
»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería, de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres, siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas con la indignidad que merecéis.»
»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo, todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina.
»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme. Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones. Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos, arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna, oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera: «Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta, sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un espectáculo público en presencia de los dos.»