»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa. Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad de Valencia, y partí de incógnito a ella, llevando conmigo hasta el valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España. Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica. Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada, puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más raro en el reino de Valencia que en otros muchos países.
»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días.
»Don Manuel de Jérica—éste era el nombre de mi esposo—me condujo luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero, y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país; y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban las demás gentes!
»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores, el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador, que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo, aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor complacencia de la que yo pensaba. «Señora—me dijo un día—, yo no entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear. Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez que supo servir bien a la viuda y al huérfano.
»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas, quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en los sitios más visibles.
»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad, estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló modo de hablarme a solas, y—te confieso la verdad—desde la primera conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado de mí, y creo—¡Dios me lo perdone!—que en aquel mismo punto nos hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los estímulos del mundo.
»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia. Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay, que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado Colifichini.»
»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué, señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.» «Hijo mío, ¡cómo ha de ser!—me respondió ella—. ¿Por ventura puedo yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel. Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses oído hablar nunca de nosotras.»
»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre, presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto aborrecéis.»
»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío—me respondió—, confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!—exclamé penetrado de dolor—. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza! Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros ojos.» «No lo niego—respondió Lucinda—; es cierto que amo a este renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el vuestro?—interrumpí todo horrorizado—. ¡Vos casaros con un musulmán! Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir, solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por necesidad!»