»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!—le dije—. ¡Si nada es capaz de conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que, a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una tragedia esta catástrofe sangrienta.
»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo. Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz. Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz, partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.
»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame, pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción, y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado bien, era generalmente tenido por persona de importancia.
»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte, los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos. Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones, no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.
»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras le divirtieron infinito.
»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa, y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura. Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini, que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve, sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre, si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos, no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que pide un encargo tan delicado.»
»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano, se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente, pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán ustedes.
»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para encarecerla.» «Señora—le respondí en el mismo tono—, las cosas no se han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos rivales peligrosos.» «Bien puede ser así—replicó Lucrecia—; pero yo soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación. Arreglaos por este principio—prosiguió ella, volviendo a revestirse de su natural seriedad—y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»
»Aunque éste era un aviso al lector de que yo debiera haberme aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí, amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe, pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer; que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí, pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte, confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado mis suspiros.
»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día, estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado robarle su dama?» «Merecería—respondió uno de los cortesanos—ser descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael—replicó entonces el gran duque—, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes ocasiones.»