»Hasta entonces don Baltasar—que así se llamaba el marido de Violante—podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos, fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella. Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí, y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor—me respondió—, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver desocupada del todo la calle.» «Espere usted—repliqué—, que ahora me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos, porque la dama que yo cortejo vive en esta casa—mostrándole la propia suya—. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros fuere acometido.» «Convengo en ello—repuso él—; voy a ocupar mi sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado. Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor; pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo, «Ahí va—me dijo—lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba, me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien, caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos para estarlo—le respondí—; y a usted ¿cómo le fué con la suya? ¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!—me respondió con despecho—. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»

»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella, y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante. Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto, que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»

«Ese es un papel—dijo don Baltasar—que le promete a usted el merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba, vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio—le respondí—, envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando, llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la verdad, lo siento—repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de verme desazonado—. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso—repliqué yo—, no dudéis que seguiré vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada, porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es esa dama!—me respondió él—. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.» «¡Oh querido amigo—repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole los brazos al cuello—, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré más por vos—repuso él—. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro; éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro gusto sin sobresalto ni contratiempo.»

»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado, y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas. Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin recelo ni inquietud.»

»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba. Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores—nos dijo—, el caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que sé.»

»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo, no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a pedirme los recogiese.