»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía. Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos, salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis, aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario, qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar los pecados del licenciado don Juan de Solís.»

»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos. Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención: hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré a decidir.

»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño pensamiento. «Quedémonos—me dijo—en esta ermita y disfracémonos de ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento, no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro. Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta, y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos posesión de la ermita.

»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de regalárselas al obispo de Cuenca.

»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos, que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería, y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio, ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.

»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo Ambrosio—le dije cuando volvió a la ermita—, te doy el parabién del admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho—me respondió—que hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela—respondió Bárbara—, que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga—le respondí—, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?—replicó ella—. ¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de cien años!» «Es verdad—le respondí—que en otro tiempo tuvo esa edad, pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más mozo que él.» «Pues bien—respondió Bárbara—, siendo así, que venga contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»

»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción. Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete, diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»


CAPITULO II

De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del bosque.