Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto, hijo mío—me dijo—. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación. Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor. En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces de decidir que tú. ¡Anda—prosiguió, empujándome para que saliera de su estudio—y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»
CAPITULO V
Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su agradecimiento.
Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.
Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas. Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna, pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.»
Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver. Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y de irme en seguida a casa del conde de Polán.
Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos que antes había despreciado.
Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.»