Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme, ¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese: «¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!»


CAPITULO VI

Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con ella.

Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí. Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido a las homilías.

Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos. Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público.

En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera hecho justicia.

Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues ¿de qué tierra viene usted?—me dijo—. Sin duda usted acaba de llegar, cuando no conoce a la hermosa Estela.»

La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella—porque el público jamás ignora las de los cómicos—me informé del mismo sujeto si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba, y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme, por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena ligera—pues en mi posada no se hacían de otra clase—me retiré a mi cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente.