»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo, me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla en una silla volante.

»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa. Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.

»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!—dijo en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo—. ¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando halles ocasión para ello.»

»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la representación de la comedia famosa El embajador de sí mismo, compuesta por Lope de Vega Carpio.

»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en su casa más extensamente.

»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche: tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y las respuestas de un modo extraordinario.

»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué partido quería tomar. «Porque al fin—me dijo—es preciso hacer alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate allá!—exclamó mi amiga—. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo, la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos. En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del mismo modo que lo ganamos. El teatro—prosiguió—favorece sobre todo a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su oficio. Si es discreta—quiero decir, que no favorece mas que a un solo amante—, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación; y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién cuentas eso?—interrumpí yo al llegar aquí—. ¿Piensas tú que ignoro esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.» «No es extraño que le hayas disgustado—replicó Fenicia—. ¿Ignoras que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin, yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»

»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios, hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios. Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la profesión cómica.

»No hablemos más, querida mía—dije a Fenicia—. Está hecho; quiero seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.» A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo. Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía. Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío, a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores. Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad, la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa, la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan brillante.

»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia. Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora. Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques, condes y marqueses.