»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír. Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras. Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos. ¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!

»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza, su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura esclavitud.

»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas ridiculeces hacemos ver al público.

»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para Granada.

»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas no hacen escrúpulo de ella.»


CAPITULO VIII

Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el vestuario.

En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes cumplimientos de ambas partes.