Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón, lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.


CAPITULO XV

De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.

Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! ¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!

Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: «Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo. Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no siempre se consigue el fin.»

En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al lado. «Acércate, Gil Blas—me dijo—; toma una silla y escúchame.» Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto, cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes. Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti, Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte muy ventajosamente en Sicilia.»

Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.

No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa; que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito. Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree—añadió el marmitón—, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso—le dije—, ¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy—respondió—el que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del mayordomo.»

Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada. No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.