El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó. Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.

El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez. Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y, sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su ostentación.

No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso. Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él. Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir, y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte, recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las casas principales.

El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.

Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que a aprobarla. «¡Quiera Dios—me dijo un día—que al cabo y al postre sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos, creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el repostero.» «Pues qué—le respondí—, ¿este ladrón ha de tener la osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?» «¿Y por qué no?—replicó serenamente—. Que te dé la mitad del aumento y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo—continuó, meneando la cabeza—, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso, atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi amo por lo menos tres mil ducados.


CAPITULO XVI

Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad.