»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas, sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.
»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña Blanca. «Señor—le dijo aquel ministro—-, vengo a daros una noticia que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra. Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes. Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía, tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis, señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud», respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma, diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él como le aconsejare su prudencia.»
»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio—interrumpió Enrique—, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré. Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando consigo a doña Blanca.
»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique, pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.
»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia, nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo. Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey, dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo, quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.
»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando, acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado: «¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor—respondió Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que se explicase más—, ese papel es éste que presento al Consejo. En él reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad, la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!» Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban secretamente el corazón del nuevo rey.
»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño, tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos, señor, de vuestra gloria!—le respondió Sifredo con entereza—. Si no dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío, perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo, pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del testamento.
»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella. No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias, ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes, y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas razones, a casarla cuanto antes.
»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo Cielo—exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la presencia de su padre—, y qué crueles suplicios tenías guardados para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor—le dijo con voz casi apagada—, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca—respondió Leoncio—, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor, pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su persona y su gran mérito—interrumpió Blanca—; pero, señor, el rey me había hecho esperar...» «Hija—dijo Sifredo interrumpiéndola—, sé todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin, Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra; desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me valga de mi autoridad, te lo mando.»
»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado bien las razones de que se había valido para sostener su virtud contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si es cierta mi desgracia—exclamaba—, ¿cómo es posible que yo resista a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío! ¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo, para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro; pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!»