»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura. Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando, habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable! Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso, aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos. Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa, que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos amantes apasionados.
»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor; pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas, y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido, sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión, acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira. Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha, y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra, tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.
»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación. Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio, después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado. Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor.
»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural, pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre, sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza y turbación ofendían su virtud.
»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo ultraje, que encendió en cólera su pecho.
»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca, más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya. Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo. Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.
»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza, y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta, y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza, para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.
»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido: «Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz. Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte de los dos.» «¡Ay, Blanca!—interrumpió el rey precipitadamente—. ¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder—respondió con desmayada voz la hija de Sifredo—para allanar el invencible obstáculo que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca, suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha perdido a mí y os ha perdido a vos!»
»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer esta violencia a mi razón.» «Sin embargo—dijo el rey—, esos testigos de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa del condestable!» «Pues qué, señor—repuso Blanca—, ¿negaréis que yo misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad, confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor, para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito escuchar.»
»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!—clamaba Enrique—. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es inútil ese sacrificio—respondió Blanca—. Debierais haber impedido que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis. Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque, entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!—exclamaba—. ¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados. ¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!»