»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos; y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos, que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad, se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de Palermo.

»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión. Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor—le dijo luego que se vió en su presencia—, si es permitido a un respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos ciertos—respondió el rey—de que el condestable mantiene inteligencias criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias criminales!—interrumpió sorprendido Leoncio—. ¡Ah, señor! ¡No lo crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo; bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con tanta claridad—repuso el rey—, quiero corresponderte con la misma. Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo, tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...» «¡Qué, señor!—interrumpió estremeciéndose Leoncio—. ¿Cómo será posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su esperanza—repuso el monarca—, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir? ¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror? ¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que, atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo, verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué es lo que escucho!—exclamó Leoncio—. ¡Qué terribles amenazas, qué funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!—continuó, mudando de tono—. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte. No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos—interrumpió Enrique—, esos funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos; pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor—replicó el ministro—, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío—repuso acalorado Enrique—para establecer tan violenta como injusta disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra, cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.»

»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey: «Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.» Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad de su esposo.

»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia. Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio, ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía.

»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad. Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable, considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros. Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable amor hubiera hecho perpetuamente felices.»

»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio, pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia. «¡Ah, señor!»—dijo—. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os parece que lo podré hacer, señora?—interrumpió Enrique tristemente—. ¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor—dijo suspirando la hija de Sifredo—, es menester que os esforcéis para conseguirlo.» «Y vos, señora—replicó el rey—, ¿seréis capaz de hacer ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo—respondió Blanca—, pero nada omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!—exclamó el rey—. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?—repuso Blanca con entereza—. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme? ¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!—exclamó el rey—. ¿Es posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid cuanto antes, señor!—respondió la hija de Sifredo derramando algunas lágrimas—. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor; retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta extraordinarios esfuerzos resistirlos.»

»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba, y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah, traidor!—respondió el rey desenvainando la espada para defenderse—. ¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto, principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho. Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza, peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey derribado, se detuvo.

»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole: «¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al pie de los altares! ¡Y tú, Enrique—prosiguió con voz desmayada—, no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró, pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto.

»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable! ¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!—le dijo—. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo. ¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!»

»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo: «¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!» Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación? Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los afectos interiores.