La mañana siguiente conté el suceso al duque de Lerma, porque todo lo quería saber, y al concluir mi narración llegó el conde de Lemos y nos dijo: «El príncipe de España está tan prendado de Catalina y le ha gustado tanto, que piensa ir a verla con frecuencia y no aficionarse a otra. Quisiera enviarle hoy dos mil doblones en joyas, pero no tiene dinero. Ha acudido a mí y me ha dicho: «Mi amado Lemos, es preciso me busques al momento esta cantidad. Sé que te incomodo, que apuro tu bolsillo, y por tanto mi corazón te está muy agradecido, y si en algún tiempo me hallo en estado de serte reconocido de otro modo que por el agradecimiento a todo lo que has hecho por mí, no te arrepentirás de haberme servido.» Yo le respondí, separándome de él inmediatamente: «Príncipe mío, tengo amigos y crédito; voy a buscar lo que vuestra alteza desea.» «No es difícil satisfacerle—dijo entonces el duque a su sobrino—. Santillana va a traeros ese dinero, o, si queréis, él mismo comprará las joyas, porque es muy inteligente en pedrerías, y sobre todo en rubíes. ¿No es verdad, Gil Blas?», añadió mirándome con un aire taimado. «¡Qué malicioso sois, señor!—le respondí—. Veo que vuestra excelencia quiere hacer reír a costa mía al señor Conde.» Y así sucedió. El sobrino preguntó qué misterio encerraba aquello. «¡Ninguno!—replicó el tío riéndose—. Es que un día Santillana quiso trocar un diamante por un rubí, y este trueque no redundó ni en honor ni en provecho suyo.»

Hubiera salido bien librado si el ministro no hubiera dicho más, pero se tomó el trabajo de contar la pieza que Camila y don Rafael me habían jugado en la posada de caballeros y se extendió particularmente en las circunstancias que yo más sentía. Después de haberse divertido bien su excelencia, me mandó acompañar al conde de Lemos, quien me llevó a casa de un joyero, en donde escogimos las joyas, que fuimos a enseñar al príncipe de España, las cuales se me confiaron para que se las entregase a Catalina, y después fuí a mi casa a tomar dos mil doblones del dinero del duque para irlas a pagar.

Es ocioso preguntar si la noche siguiente me recibieron con agrado las señoras cuando les presenté los regalos de mi embajada, que consistían en un bello par de rosetas de diamantes para la tía y unas arracadas de lo mismo para la sobrina. Enajenadas una y otra con estas demostraciones de amor y generosidad del príncipe, empezaron a charlar como dos cotorras y a darme gracias porque les había agenciado tan buen conocimiento, y con el exceso de su alegría dieron a entender lo que eran. Se les escaparon algunas palabras que me hicieron sospechar que yo había facilitado una bribona al hijo de nuestro gran monarca. Para averiguar con certeza si yo había sido autor de tan buena obra, me retiré con intento de tener una conferencia con Escipión.


CAPITULO XII

Quién era Catalina; perplejidad de Gil Blas, su inquietud y la precaución que tomó para tranquilizar su ánimo.

Al entrar en mi casa oí un gran estrépito, y preguntada la causa, me dijeron que Escipión tenía aquella noche a cenar a seis amigos suyos. Cantaban cuanto más alto podían y daban grandes carcajadas de risa. Esta cena, a la verdad, no era el banquete de los siete sabios.

El que daba el festín, luego que supo mi llegada, dijo a sus convidados: «Señores, no es nada. Es el amo que ha vuelto; no os inquietéis por eso; continuad divirtiéndoos. Voy a decirle dos palabras y al instante vuelvo.» Dicho esto se vino a mí. «¿Qué gritería es esa?—le dije—. ¿A qué clase de personajes festejas allá abajo? ¿Son poetas?» «¡Perdone usted!—me respondió—. Sería lástima dar a beber vuestro vino a semejantes sujetos; yo sé hacer mejor uso de él. Entre mis convidados hay un joven muy rico, que quiere lograr un empleo por vuestra mediación y por su dinero, y a causa suya se hace la fiesta. A cada trago que bebe aumenta diez doblones a lo que ha de tocaros, y quiero hacerle beber hasta el amanecer.» «En ese supuesto—le respondí—, vuélvete a la mesa y no escasees el vino de mi cueva.»

No juzgué oportuno hablarle entonces de Catalina, dejándolo para la mañana al levantarme, lo que hice de esta suerte: «Amigo Escipión, tú sabes de qué modo vivimos los dos. Yo te trato más como a compañero que como a criado, y, por consiguiente, harás muy mal en engañarme como a amo. Entre nosotros no ha de haber secreto. Voy a decirte una cosa que te sorprenderá, y tú por tu parte me dirás lo que piensas de las dos mujeres que me has dado a conocer. Hablando los dos en satisfacción, sospecho que son dos taimadas, tanto más astutas cuanto más sencillez aparentan. Si les hago justicia, no tiene el príncipe de España gran motivo de estarme agradecido, porque te confieso que para él te pedí la dama. Le he llevado a casa de Catalina y se ha enamorado de ella.» «Señor—me respondió Escipión—, usted se porta demasiado bien conmigo para que yo le falte a la sinceridad. Ayer tuve una conversación a solas con la criada de estas dos ninfas, y me contó su historia, que me ha parecido divertida. Voy a haceros sucintamente relación de ella, y no sentiréis haberla oído. Catalina—prosiguió—es hija de un hidalguillo aragonés. Habiendo quedado huérfana de edad de quince años, y tan pobre como bonita, dió oídos a un comendador anciano, quien la llevó a Toledo, donde murió a los seis meses, después de haberle servido más de padre que de esposo. Recogió ella su herencia, que consistía en algunas ropas y en trescientos doblones en dinero contante, y se fué luego a vivir con la señora Mencía, que todavía se mantenía de buen ver, aunque ya iba cuesta abajo. Estas dos buenas amigas permanecieron juntas y principiaron a tener una conducta de que la justicia quiso tomar conocimiento. Esto desagradó a las señoras, quienes, por enfado o por otra causa, dejaron prontamente a Toledo y vinieron a Madrid, en donde viven cerca de dos años hace sin tratarse con ninguna señora de la vecindad. Pero oiga usted lo mejor: han alquilado dos casas pequeñas, separadas solamente por un tabique, pudiéndose pasar de una a otra por una escalera de comunicación que hay en los sótanos. La señora Mencía vive con una criada de poca edad en una de ellas, y la viuda del comendador ocupa la otra con una dueña vieja, a quien hace pasar por su abuela; de modo que nuestra aragonesa tan presto es una sobrina educada por su tía como una pupila bajo la tutela de su abuela. Cuando hace de sobrina, se llama Catalina, y cuando de nieta, Sirena.»

Al oír el nombre de Sirena interrumpí todo asustado a Escipión: «¿Qué me dices? ¡Me haces temblar! ¡Ay de mí! ¡Temo que esa maldita aragonesa sea la querida de Calderón!» «Cabalito—respondió—, la misma es. Yo quería dar a usted un gran gusto participándole esta noticia.» «Pues no lo creas—repliqué—; más me causa disgusto que alegría. ¿No prevés tú las consecuencias?» «No, a fe mía—replicó Escipión—. ¿Qué mal puede venir de ahí? Don Rodrigo no ha de descubrir precisamente lo que pasa, y si usted teme que se lo digan, prevéngaselo al primer ministro, contándole el caso sencillamente. El conocerá la buena fe de usted; y si después quisiese Calderón ponerle a mal con su excelencia, el duque verá que no trata de perjudicarle sino por espíritu de venganza.»