Con estas palabras me desvaneció Escipión el miedo. Seguí su consejo y di parte al duque de Lerma de este fatal descubrimiento, y también aparenté contárselo con aire triste, para persuadirle de que sentía haber inocentemente dado al príncipe la dama de don Rodrigo. Pero el ministro, lejos de compadecerse de su favorito, se burló de ello. Después me dijo que siguiera en mi comisión y que, sobre todo, era gran gloria para Calderón amar a la misma que el príncipe de España y recibir la misma acogida que él. Instruí en los mismos términos al conde de Lemos, quien me aseguró su protección si el primer secretario descubría la trama y quería ponerme a mal con el duque.
Con esta maniobra creí haber salvado la nave de mi fortuna del peligro de encallar y me sosegué. Seguí acompañando al príncipe a casa de Catalina, por otro nombre la bella Sirena, que tenía la destreza de encontrar pretextos para apartar de su casa a don Rodrigo y ocultarle las noches que ella tenía precisión de dedicar a su ilustre rival.
CAPITULO XIII
Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.
Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente: «Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.
Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: Alba, Osuna, Medinasidonia. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano, que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.
Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas—me dijo—, pues qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que responderle que no caía en quién era. «Yo soy—me replicó—un paisano vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien. Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»
«De los juegos de mi niñez—le respondí—sólo conservo una idea confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado de la memoria.» «He venido a Madrid—me dijo—a ajustar cuentas con el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país, llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»