»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero—me dijo con insolencia—, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían cesado.» «Usted se ha ensoberbecido—le respondí—del logro de una ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» «Siempre son mías—replicó con arrogancia—, y voy a hacer ver a usted que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban mis intentos.»
»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó muerto.
»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se entra en la ciudad, me encontrarás.»
»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella componía mi asunto.
»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia. Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y presentarme en ellas con decencia.
»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario, cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo. Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.
»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre, consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno, le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla a olvidarme.
»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante tan apasionada. «Ved aquí—les dijo—lo que he pensado: fingiremos que un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano, en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio, se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos. Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.—Parma, etc.»
»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre, la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó, meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos, nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento, sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para inventar.
»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía, dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»